lunes, 5 de enero de 2015
RETALES DE TEXTOS
martes, 29 de octubre de 2013
RETALES DE TEXTO
«Como la primavera ya está entrada y los soles de este mes
de mayo aprietan con pretensiones de verano, el escuálido banco de la esquina,
junto a la casa de Ana, se ha vuelto a ocupar con los ancianos de siempre, que
siempre son distintos y parecen los mismos, las mismas arrugas, los mismos ojos
opacos y medrosos. Centro de Madrid, contaminación, ruidos, coches, alquitranes
flotantes, polvo pegajoso y espeso. Allí están, sin embargo, en ese banco
ridículo que se inclina sobre el asfalto, tomando un baño de sol urbano y
ponzoñoso mientras la ciudad vibra a su alrededor con el ronquido de los
autobuses. Allí permanecen horas y horas sin hablarse entre sí, contentos de
sentirse juntos, satisfechos de haberse reencontrado, esperando que al día
siguiente no falte nadie en esta cita sin palabras. Porque en la contemplación
de los demás sacan las fuerzas necesarias para convencerse de que aún están
viviendo. Estos ancianos del banco son viejecitos pulcros, con camisas bastas
de cuellos deshilachados a fuerza de lavarse, en los que se adivina la mano
hacendosa de una hija. Pero hay otros. Hay otras clases de viejos y de viejas.
Están los solitarios, los beodos, los miserables, esos guiñapos que se
acurrucan en las escaleras del metro, que se envuelven en papeles, que
extienden una mano amoratada y verrugosa pidiendo quien sabe qué además de
dinero, ancianos impresentables que la ciudad ignora, habituales de una esquina
hasta que una madrugada particularmente helada y húmeda les hace desaparecer
para siempre. Y hay otros aún, están también los viejos caros, que difícilmente
se resignan. Visten buenos trajes y presiden consejos de administración hasta
que el yerno les echa o el hijo les releva con más o menos diplomacia. Entonces
se dedican a pasear por las aceras vecinas al Retiro apuntalados en un bastón
de estilo, intentando mantener una dignidad ruinosa; suelen dibujar en sus
rostros expresiones absortas para dar a entender que su tiempo sigue valiendo
oro y que aún han de pensar en muchas cosas importantes, y cuando se cruzan con
una quinceañera de apretadas carnes, vuelven la vista, los ojos lacrimosos —los
viejos son propensos al llanto y otras humedades— y adquieren una expresión
algo aniñada que en contraste con su rostro destruido semeja mueca monstruosa… …»domingo, 29 de enero de 2012
RETALES DE TEXTOS

—Oiga, que me dicen que una relación es como una calle de dos direcciones… pero no acabo de comprender porqué, en ausencia de señal reglamentaria que lo advierta, hay quien circula atribuyéndose siempre la prioridad. Un toque prolongado de claxon o directamente un volantazo.
—¡Cuidado! Piénselo dos veces antes de decir tal cosa. Esta es una idea negativa. Nadie quiere nada con las personas que verbalizan sus pensamientos negativos. Su futuro es la exclusión social.
—Eso tampoco me gusta ¿Qué puedo hacer?
—¿Quiere que le califiquen de positivo? ¿Quiere que le acojan en círculos de gente interesante o con futuro, aunque casi nunca coincide? ¿Desea aprobación social? Pues déjese atropellar, sonría aunque le hayan machacado hasta el tuétano, dé las gracias y, a poco que pueda, aplauda -cada vez que se tropiece con él- a quien aún le dejó un poco de vida para contarlo. Y si es usted tan débil como para necesitar la comprensión o el apoyo de algún prójimo y no puede resistir la tentación de relatar la anécdota a alguno de sus amigos o conocidos, no se olvide concluir diciendo cuán útil le ha resultado la experiencia para aprender, lo mucho que ha contribuido a su crecimiento personal y lo satisfecho y agradecido que está por ello.
—No se ajusta a la realidad.
—¿A quién le importa la realidad? La de usted, aún menos. Lo que le he dicho: adáptese. Es una política sensata para aquel que no es un depredador nato y que tampoco tiene la capacidad de mutar.
—O no le da la gana de hacerlo…
—En tal caso, ahorre para el ataúd. El sarcófago social ya se lo tienen preparado.
sábado, 1 de octubre de 2011
RETALES DE TEXTOS

EN COMISARIA
El nombre me es vagamente familiar.
—¿Tiene antecedentes? —pregunto al instructor mientras hasta nosotros llega el tintineo de llaves abriendo el calabozo.
—Sí, de antiguo; y el último es también un robo —contesta.
Pelo oscuro, casi negro, ondulado y revuelto. Manos trabajadas, huérfanas, como la ropa, de un buen trato y un mejor enjabonado. Parece llevar prendas de otro, de lo holgado del suéter y del tejano. Saluda con humildad a los presentes. Se lanza a hablar, atropelladamente, pero con voz baja y clara. Mirada frontal, ávida y suplicante de unos ojos oscuros y nerviosos. Está asustado.
—No fui yo. Estaba allí y de repente, uno que vino rompió el cristal ¿sabe usted? Y cogió algo del coche y salió corriendo… y resulta que salió del coche uno que estaba sentado atrás, y me dio a mí con un palo ¿ve usted? Aquí —señala con el dedo un corte cubierto de sangre seca— aquí me dio… y me asusté y eché a correr también, pero yo no fui, pero no pude correr mucho y todos detrás ¿sabe usted? Porque yo, no pude correr mucho, porque tengo cáncer ¿sabe usted? ¿la medicación? ¿han traído ya mi medicación? Es que estoy en tratamiento… he perdido veinte kilos ¿sabe usted? Tengo cuarenta y tres años; he sido empresario, me iban bien las cosas, tenía trabajadores… ganaba dinero, estaba casado ¿sabe usted? Mi mujer me dejó y ahora vivo con mi madre ¿ha traído mi madre la medicación? Soy pintor, si usted supiera… pero era joven, ganaba dinero, me volví loco y aquel mal paso, lo perdí todo. Y ahora que estaba recuperado de la droga, porque me salí de la droga ¿sabe usted?...
—¡A ver, Gabriel! ¿Quieres declarar aquí o en el juzgado? —interrumpe el instructor.
—¡Quiero hablar con ella! —exclama señalándome con la mano— Por favor, quiero hablar con ella, señor agente.
—Me curé de la droga y ahora el cáncer. No tengo cura, es de huesos ¿sabe usted? He perdido veinte kilos. Tuve un juicio hace tres meses ¿sabe usted? Y me suspendieron la pena de prisión, estoy con libertad condicional, y yo no he sido, pero me acusan de esto y si me condenan, pues, ingreso ¿sabe usted? ¿verdad que ingreso? No puedo ingresar, tengo cáncer, me queda poco tiempo. Y no me dejan ver a mi hijo, hace meses que no veo a mi hijo, tiene diez años ¿sabe usted?En el hombre asustado, el temor cede paso a la desolación, al desespero. Rompe a llorar. Saltan las lágrimas. Se seca la cara con las mangas del jersey. Pide perdón.
—Ya le ha visto el médico; está pautado y se le administrará además su medicación, a la hora que le toca. No se preocupe. Nos hemos ocupado —responde el instructor a la pregunta que no salió de mis labios pero sí de mi mirada.
—Y me denunció, por amenazas, pero sí, la amenacé, pero fue porque no me dejaba ver a mi hijo ¿sabe usted? Y me pusieron alejamiento, pero yo no he ido, no señora, ninguna vez, siempre ha ido mi madre a buscar al niño para traerlo a casa y que yo pueda verlo un rato, un poco, sólo para verlo y ¿sabe usted? Echó a mi madre y le dijo que si va a buscar al niño me denunciará, que dirá que yo voy y tengo el alejamiento y volveré a prisión…
Hablamos y, poco a poco, se tranquiliza. Sabe que dormirá en el calabozo de comisaría. Sabe que nos veremos mañana y que será después de que yo haya leído el atestado que él declarará ante el juez.
¿Qué dirá el atestado? ¿cuál será el relato de los hechos minuciosamente diligenciados por la policía? Lo ignoro. Hasta mañana no lo sabré. ¿Miente? No lo sé y en este momento poco me importa. Lo que sí sé ahora es que la profesión de abogado se me antoja una herramienta insuficiente para paliar tanto drama. Y echo mano de mis otros recursos, de aquellos de los que a uno no le examinan en la facultad. Este equivalente del “Se le supone” militar, no va inscrito en el carnet profesional, pero sí está grabado en el alma de los abogados del turno de oficio.
sábado, 5 de diciembre de 2009
RETALES DE TEXTOS

sábado, 26 de septiembre de 2009
RETALES DE TEXTOS

“Como todos los que se las arreglan para obtener el máximo de comodidades y placeres de la vida, Gabriel Corte tenía un político a su disposición.
A cambio de buenas cenas, de brillantes recepciones, de pequeños favores concedidos por Florence, a cambio de algunos artículos oportunos, obtenía de Jules Blanc (titular de una cartera en casi todas las combinaciones ministeriales, dos veces presidente del Consejo y cuatro Ministro de la Guerra) mil privilegios que le facilitaban la existencia. Gracias a Jules Blanc, le habían encargado aquella serie de los Grandes Amantes, sobre los que había disertado en la radio pública el invierno anterior. También en exhortaciones imperiales o morales, según las circunstancias.
Jules Blanc había intervenido ante el director de un gran periódico para que le pagaran ciento treinta mil francos por una novela, en lugar de los ochenta mil inicialmente acordados.
Por último, le había prometido la insignia de comendador. Jules Blanc era un humilde pero necesario engranaje en el mecanismo de su carrera, porque el genio no puede planear en las alturas del cielo; debe maniobrar a ras de tierra.”
“Suite francesa”, de Irène NÉMIROVSKY, 1942.
domingo, 5 de julio de 2009
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sábado, 20 de junio de 2009
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domingo, 14 de junio de 2009
RETALES DE TEXTOS
"—¿Se da usted cuenta, amigo mío —prosiguió Derville después de una pausa— que existen en nuestra sociedad tres seres, el clérigo, el médico y el hombre de justicia que no pueden amar el mundo? Visten de negro tal vez porque llevan luto de todas las virtudes, de todas las ilusiones. El más desgraciado de los tres es el abogado. Cuando el hombre va a buscar al sacerdote, lo hace impulsado por el arrepentimiento, por los remordimientos, por creencias que le hacen interesante, que le engrandecen y que consuelan el alma del mediador cuya labor no deja de tener algo agradable: purifica, repara, reconcilia. Pero nosotros los abogados vemos repetirse siempre los mismos sentimientos perversos, nada los corrige, y nuestros despachos son cloacas que nosotros no podemos limpiar. ¡Cuántas cosas he aprendido ejerciendo mi profesión! He visto morir a un padre en un granero, sin medio alguno de subsistencia, abandonado por sus dos hijas a las que había dado cuarenta mil libras de renta. He visto quemar testamentos; he visto madres despojando de todo a sus hijos; maridos robando a sus mujeres; mujeres matando a sus maridos, aprovechándose del amor que les inspiraban para volverles locos o imbéciles a fin de vivir tranquilamente con un amante. He visto madres que han hecho gozar al hijo de su primer matrimonio, placeres que tenían que enviarle a la muerte con el fin de enriquecer al hijo del amor. No puedo decirle a usted todo lo que he visto, pues he presenciado crímenes contra los cuales la justicia es impotente. En fin, todos los horrores que los novelistas creen inventar están siempre muy por debajo de la verdad. Usted va a tener ahora el disgusto de conocer todas esas cosas allí, dijo señalando a París. Yo me voy a vivir al campo con mi mujer. París me causa horror.""El Coronel Chabert" de Honoré de BALZAC
martes, 9 de junio de 2009
RETALES DE TEXTOS
“Rodolphe había oído tantas veces aquellas cosas, que para él carecían de toda originalidad. Emma se parecía a todas las mujeres que había tenido por amantes. El encanto de lo nuevo resbalaba, poco a poco, como un vestido, acabando por dejar al desnudo la eterna monotonía de la pasión, que siempre adopta las mismas formas y el mismo lenguaje.Aquel hombre tan lleno de experiencia no acertaba sin embargo a discernir, bajo la ambigüedad de las expresiones, la naturaleza de los sentimientos. Labios libertinos y triviales le habían murmurado las mismas frases que Emma le decía, por cuya causa sólo creía de una forma superficial en la ingenuidad de ésta.
«Hay que tener cuidado —pensaba— con las frases exageradas que sólo encubren sentimientos mediocres». Rodolphe sabía bien que la exuberancia de sentimientos más poderosa se desbordaba a veces en las más vanas metáforas, puesto que nadie puede nunca traducir adecuadamente en palabras la medida de sus deseos, de sus ideas, o de sus sufrimientos, ya que la palabra humana es como el cascado caldero, a cuyos sones se hace bailar a los osos cuando se pretende conmover a las personas.”
domingo, 31 de mayo de 2009
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domingo, 24 de mayo de 2009
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martes, 5 de mayo de 2009
RETALES DE TEXTOS
"A media tarde, el fuerte viento, arremolinándose en la arena, levantaba nubes de polvo que arrojaba sobre las pieles engrasadas mientras los alto cúmulos, perfilados en gris oscuro, avanzaban veloces arrastrados por aquel soplo insistente. Al poco rato, una imponente sombrilla natural se había interpuesto entre el sol y la masa humana tendida sobre las toallas.
Los brillos que desprendían los cuerpos se apagaron y los contrastes de luces y sombras quedaron difuminados. Sobre la arena, tan solo un par de sandalias plateadas, cuajadas de piedrecillas verde esmeralda, parecían mantener intacto su esplendor.
En forma escalonada, primero los mayores y después los más jóvenes, casi todos fueron abandonando con desgana la Playa del Bogatell dejándola semivacía.
Margueritta, sobre una toalla roja y amarilla sobre la que se recortaba en negro la silueta de un toro imponente, observaba el cielo y remoloneaba. Hija de la montaña y ex esposa de un monitor de esquí, deseosa de alejarse de la una y del otro aquellas vacaciones en que estrenaba divorcio y libertad, había elegido Barcelona con el único objetivo de dormitar sobre sus playas.
Embutió la toalla en la pequeña bolsa de plástico del comercio paquistaní donde la había comprado y se puso, con desgana, la camiseta y el pantalón. Desplazó la mirada desde sus pies, rebozados en arena, a las sandalias: nuevas, brillantes y caras. Ciñó sus correas a las asas de la bolsa y se dirigió a la zona de duchas y de ahí, con los pies mojados, al paseo.
Al ritmo de su caminar, la bolsa se balanceaba y con ella las sandalias que llevaba suspendidas. Una se desprendió para depositarse, plata y esmeralda, sobre el enlosado. No se dio cuenta de ello hasta llegar a la Torre Mapfre.
Deshizo el camino: recorrió el paseo, llegó a las duchas, bajó a la arena, deambuló indecisa, los ojos siempre escudriñando el suelo... no la halló. Descalza, se dirigió al metro.
Se apeó en la parada de Jaume I, felicitándose por estar alojada en el Hotel Suizo, situado a pocos pasos de la salida de la estación. Las plantas de los pies le ardían como brasas.
Al cruzar el vestíbulo, previo al tramo de escaleras mecánicas que trepaban hasta la calle, observó, junto a los tornos, entre el primero y el segundo validador de billetes, una sandalia correctamente apoyada en el suelo. Una sandalia nueva, de corte simple, hecha de cuero sin tratar. Grande y austera; una sandalia de hombre. Sin saber porqué, la recogió.
Margueritta entró en la habitación, dejó su carga en el suelo y fue a ducharse. Envuelta en la sábana de baño, cogió las sandalias y las puso sobre la mesa. La propia, delicada, plata salpicada de esmeralda, al lado de la ajena, tosca, en cuero crudo. “¡Un par imposible!”, dijo para sí y las arrojó al fondo del armario.
Unos metros más allá, asomado al balcón, Paolo contemplaba a la gente que, como en un hormiguero, transitaba presurosa por la calle de Jaume I.
En un acto reflejo alzó los ojos hacia las nubes abombadas que cubrían el cielo, intentando adivinar sus intenciones. La meteorología era un elemento importante en su trabajo y su cuidadoso seguimiento se había convertido, para él, en costumbre, aun cuando disfrutaba de su tiempo libre.
Continuó mirando a la calle. Estaba exhausto pero satisfecho. Barcelona le había obsequiado con una tarde ventosa en la que él se había empleado a fondo, deslizándose sobre su tabla de surf al ritmo frenético de las olas que rompían, con fuerza, en la Playa de la Mar Bella. Si algo llevaba mal Paolo, era la inactividad. Sólo el cansancio y su cuerpo amoratado le habían decidido a salir del agua y volver a su hotel.
Aquellas vacaciones eran extrañas por forzadas y viceversa. Además no solía viajar y menos solo, pero su reciente condición de divorciado había sido determinante para alejarse de su entorno habitual. Disfrutar del mar haciendo deporte le bastaba, pero aquel atardecer le apetecía salir sin rumbo y ver qué podía ofrecerle aquella ciudad repleta de posibilidades. Algo que pusiera broche a un día que hubiera resultado perfecto a no ser por un detalle irritante.
Horas antes, con el bañador bajo sus bermudas y el calzado de goma en sus pies, había entrado en el metro llevando en una mano la tarjeta multiviaje y en la otra la tabla de surf; a la espalda, la mochila, y metidas en los bolsillos exteriores de la misma, sus nuevas sandalias. Al llegar a la Playa de la Mar Bella, un bolsillo estaba vacío. Recordó haberse atascado en el torno de acceso al metro. La dio por perdida. Se metió en el mar, y mientras estuvo cabalgando en su tabla sobre las olas olvidó el incidente.
Paolo volvió a mirar hacia el cielo, ahora amenazador. Entró en el cuarto y cerró el balcón. Sacó el paraguas del armario. Sus ojos se detuvieron en los dos objetos colocados sobre la banqueta contigua. Tomó aquella filigrana de plata con engarces verde esmeralda y la observó detenidamente. A pesar del gentío que inundaba el paseo, aquella pequeña sandalia de mujer brillaba en el suelo como una luciérnaga. Sin saber porqué, la había recogido. La colocó de nuevo encima de la banqueta, al lado de la suya, en cuero crudo. “¡Un par imposible!”, dijo para sí y las metió en el armario.
Minutos más tarde, Margueritta estaba de pie, indecisa, parada en la plaza del Angel, a poca distancia de la puerta del Hotel Suizo, mirando alternativamente al cielo y a las gotas caídas sobre el vestido. Paolo, bajaba por la calle Jaume I. Nuevos goterones decidieron a Margueritta y entró en el hotel justo cuando Paolo doblaba la esquina, abría su paraguas y pasaba frente a la puerta. El chaparrón diluyó la posibilidad de un encuentro.
El resto de los días, sin ellos saberlo, estuvieron muy cerca el uno del otro. Sus pasos se cruzaron decenas de veces en el Barri Gotic i en Ciutat Vella, en la Vil.la Olimpica i en el Maremagnum, pero no coincidieron nunca en el tiempo; una diferencia que no iba más allá de un simple minuto. Se movían en el mismo espacio a la misma hora, pero con los relojes desajustados. No se encontraron. Llegó el día de la partida: el día de hacer maletas y trasladarse al aeropuerto.
Margueritta había facturado hacía una hora. Su vuelo a Roma estaba anunciado para las 19:25; faltaban quince minutos y esperaba la orden de embarque. La aparición de las jóvenes de Alitalia tras el mostrador, levantaron revuelo. Se puso a la cola mientras se afanaba en sacar del bolso el billete y su documento de identidad. La revista y la bolsa le estorbaban. Molesta, decidió deshacerse de ambas cosas y las arrojó a la papelera más cercana. Allí quedaron su sandalia plateada salpicada de piedrecillas verdes y la sandalia ajena en cuero crudo.
Paolo regresaba a Roma en el siguiente vuelo.
Fue presuroso a la sala de embarque al oír su nombre por megafonía cuando pagaba las compras de última hora. Corrió hacia el mostrador. Dejó la mochila y las bolsas en el suelo para exhibir su carta de embarque y el documento de identidad. Ahora le parecía absurdo seguir cargando con aquello. Lanzó la bolsa de plástico con su sandalia cuero crudo y la ajena plateada con brillos verde esmeralda a la papelera, justo cuando la limpiadora que la acababa de vaciar, estaba entretenida contemplando el par imposible de sandalias abandonadas por Margueritta.
Una semana después, en Cortina d’Ampezzo, Margueritta entraba en la oficina de turismo y obsequiaba al chico del mostrador con una vistosa camiseta estampada con una imagen de la Sagrada Familia. Dos calles más arriba, Paolo salía de su nuevo apartamento y se encaminaba hacia la oficina de turismo con una pequeña bolsa conteniendo una espectacular gorra de visera con el escudo del Club de Fútbol Barcelona.
Salió Margueritta del establecimiento y enfiló la calle del supermercado, justo por la que iba a doblar Paolo. Ella miró el reloj y decidió recoger primero el pan y los bollos de la pastelería, por lo que giró en la primera bocacalle.
El chico de la oficina de turismo, contemplaba, en forma alternativa, la gorra y la camiseta. Era todo lo que habían dado de sí los paquetes vacacionales que había vendido al monitor de esquí y a la recepcionista del Hotel Concordia. Paolo y Margueritta parecían destinados a no coincidir jamás.
La entrada de un cliente distrajo sus pensamientos. Más tarde, al tropezarse de nuevo con la camiseta y la gorra, volvió a pensar en su hermana y en su ex cuñado. “¡Un par imposible!”, se dijo. Y encogiéndose de hombros, resignado, volvió a la pantalla de su ordenador."
