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lunes, 5 de enero de 2015

RETALES DE TEXTOS


«...
—Éstos gastan en un día lo que nosotros en un mes.
—Cuando se han tenido cinco mil libras esterlinas de renta anual y esta cantidad se reduce a
mil, el que lo sufre es pobre —señaló Jim—. Cuando se tiene la costumbre de pasar el invierno en la Costa Azul, y que varios criados le sirvan a uno, parece que se está en la miseria si es preciso limitarse a una sola sirvienta y pasar el día encerrado en casa. Veo a muchas de estas personas en la estación; tenían la costumbre de viajar en primera, y como han perdido su dinero, han de hacerlo ahora en tercera, pero eso no les impide ser amables con nosotros e incluso darnos una buena propina. ¡No sucede lo mismo con esos nuevos ricos que llevan maletas de piel de cocodrilo y dan flacas gratificaciones!
—Siempre has tenido debilidad por los aristócratas, Jim.
—¡Mamá pretende que soy un bolchevique! No es mal contraste. Pero creo que yo procuro, sencillamente, ser justo. Mi divisa es: «Vivir y dejar vivir».
Sin embargo, ciertos días se le mostraba la vida como un problema insoluble. Todos aquellos jóvenes elegantes llevaban una vida muy fácil. Conducían magníficos coches y frecuentemente les acompañaban bellísimas chicas. Pero cuanto poseían lo debían al dinero, que no era suyo, sino de sus padres que lo habían ganado. La suerte les había hecho nacer en el distrito situado al norte de la estación Victoria y no en el sur, en cualquiera de sus callejuelas.
No tenía necesidad de ser bolchevique para comprobar lo caprichoso que es el destino. A un lado estaba Eton, con sus sombreros de copa, y al otro lado la escuela elemental y los pantalones remendados. Jim no pensaba que necesariamente habían de ser más felices los que habitaban en el distrito elegante. Los viajeros a quienes llevaba las maletas tenían con frecuencia expresión de ser desgraciados. Eran jóvenes a los que les aburría mortalmente la idea de ir al extranjero y que se arrastraban perezosamente detrás de sus ancianas tías. Las etiquetas provocaban la envidia de Jim: París, Milán, Roma, Ginebra, Viena, Bucarest, Atenas, El Cairo, Bagdad… ¡Ah! ¡Si su maleta pudiera llevar algún día etiquetas semejantes! Se apresuraría a bajar del tren, en vez de gritar: «¡Mozo! ¡Mozo!», o «¡Qué gentío; es verdaderamente espantoso!».
Hay muchas cosas que son desagradables, pero Jim no veía nada molesto en hacerse llevar una maleta en la que brillaba una etiqueta de Venecia, viajar en primera, comer en un restaurante de lujo, y tener como única ocupación la de permanecer sentado en un tren que corriera hacia el país del sol.
Hacía un tiempo espléndido. Muy pocas nubes y mucho sol. Resultaba cruel tener que pasar aquel radiante día de agosto bajo la marquesina de una estación, llena de humo. Había que llevar maletas continuamente de un taxi a un vagón, abriéndose paso a través de la multitud ruidosa y enervada de los viajeros. Todos iban en busca del tren que habían de tomar, de su plaza reservada y de sus maletas. Había que ocuparse de los perros, de las almohadas, de las mantas, de los bastones y de otras muchas cosas a cual más enojosa. El mozo era cosido a preguntas, bombardeado con mil recados. Había que cambiar deprisa un billete de banco extranjero en el preciso momento en que el tren se ponía en marcha. Los viajeros retrasados pedían al empleado que corriera cargado con una pesada maleta; otros le confiaban ocho bultos, olvidando que la Naturaleza no ha dotado al hombre más que de dos manos.
Jim tenía una existencia muy agitada, pero todas las molestias que se tomaba contribuían a aumentar el placer de los demás; algunas veces habría querido cambiar su vida por la de aquellos a quienes servía. Él no vería nunca las ciudades y hoteles del continente que llevaban evocadores nombres: Ritz, Miramar, Excelsior, Schweizerhol, Hotel del Lago, Bellevue, Splendid, Europa, Palacio de Invierno y Bristol. No conocería más que las etiquetas pegadas a las maletas que transportaba durante todo el día. Tantas veces se había fijado en aquellas etiquetas con puestas de sol, tupidas palmeras, góndolas, esquiadores, montañas, lagos, piscinas y floridas terrazas, que a veces soñaba con el lujo, la alegría y las vacaciones.
No era envidioso, pero, como a todos los jóvenes, le gustaba hilvanar quimeras y construir castillos en el aire. Había jurado a Lizzie que pasarían la luna de miel en Lugano, en un hotel que dominara el lago. Tendrían una alcoba con balcón, y, ante ellos, por encima de las azules aguas podrían admirar las montañas de nevadas cimas, como prometía la etiqueta de un gran hotel de Lugano. Era una locura, indudablemente, soñar con semejante felicidad, pero Jim no podía impedir el vuelo de la imaginación. Si la quimera se había hecho realidad para tantos viajeros cuyas maletas había llevado, ¿por qué no había de realizarse algún día para él también? Claro está que alguien ha de quedar atrás para barrer los andenes, llevar los equipajes y pegar las etiquetas. Millones de personas se contentaban con pasar sus vacaciones en Brighton, Bournemouth o Blackpool.»

"ESTACIÓN VICTORIA A LAS 4,30" (C. I, fragmento)
(Título original: Victoria, Four-Thirty) 1937
de
Cecil (Edric Mornington) ROBERTS (UK, 1892-1976)


martes, 29 de octubre de 2013

RETALES DE TEXTO

«Como la primavera ya está entrada y los soles de este mes de mayo aprietan con pretensiones de verano, el escuálido banco de la esquina, junto a la casa de Ana, se ha vuelto a ocupar con los ancianos de siempre, que siempre son distintos y parecen los mismos, las mismas arrugas, los mismos ojos opacos y medrosos. Centro de Madrid, contaminación, ruidos, coches, alquitranes flotantes, polvo pegajoso y espeso. Allí están, sin embargo, en ese banco ridículo que se inclina sobre el asfalto, tomando un baño de sol urbano y ponzoñoso mientras la ciudad vibra a su alrededor con el ronquido de los autobuses. Allí permanecen horas y horas sin hablarse entre sí, contentos de sentirse juntos, satisfechos de haberse reencontrado, esperando que al día siguiente no falte nadie en esta cita sin palabras. Porque en la contemplación de los demás sacan las fuerzas necesarias para convencerse de que aún están viviendo. Estos ancianos del banco son viejecitos pulcros, con camisas bastas de cuellos deshilachados a fuerza de lavarse, en los que se adivina la mano hacendosa de una hija. Pero hay otros. Hay otras clases de viejos y de viejas. Están los solitarios, los beodos, los miserables, esos guiñapos que se acurrucan en las escaleras del metro, que se envuelven en papeles, que extienden una mano amoratada y verrugosa pidiendo quien sabe qué además de dinero, ancianos impresentables que la ciudad ignora, habituales de una esquina hasta que una madrugada particularmente helada y húmeda les hace desaparecer para siempre. Y hay otros aún, están también los viejos caros, que difícilmente se resignan. Visten buenos trajes y presiden consejos de administración hasta que el yerno les echa o el hijo les releva con más o menos diplomacia. Entonces se dedican a pasear por las aceras vecinas al Retiro apuntalados en un bastón de estilo, intentando mantener una dignidad ruinosa; suelen dibujar en sus rostros expresiones absortas para dar a entender que su tiempo sigue valiendo oro y que aún han de pensar en muchas cosas importantes, y cuando se cruzan con una quinceañera de apretadas carnes, vuelven la vista, los ojos lacrimosos —los viejos son propensos al llanto y otras humedades— y adquieren una expresión algo aniñada que en contraste con su rostro destruido semeja mueca monstruosa… …»

CRONICA DEL DESAMOR 

Rosa MONTERO

domingo, 29 de enero de 2012

RETALES DE TEXTOS



—Oiga, que me dicen que una relación es como una calle de dos direcciones… pero no acabo de comprender porqué, en ausencia de señal reglamentaria que lo advierta, hay quien circula atribuyéndose siempre la prioridad. Un toque prolongado de claxon o directamente un volantazo.


—¡Cuidado! Piénselo dos veces antes de decir tal cosa. Esta es una idea negativa. Nadie quiere nada con las personas que verbalizan sus pensamientos negativos. Su futuro es la exclusión social.


—Eso tampoco me gusta ¿Qué puedo hacer?


—¿Quiere que le califiquen de positivo? ¿Quiere que le acojan en círculos de gente interesante o con futuro, aunque casi nunca coincide? ¿Desea aprobación social? Pues déjese atropellar, sonría aunque le hayan machacado hasta el tuétano, dé las gracias y, a poco que pueda, aplauda -cada vez que se tropiece con él- a quien aún le dejó un poco de vida para contarlo. Y si es usted tan débil como para necesitar la comprensión o el apoyo de algún prójimo y no puede resistir la tentación de relatar la anécdota a alguno de sus amigos o conocidos, no se olvide concluir diciendo cuán útil le ha resultado la experiencia para aprender, lo mucho que ha contribuido a su crecimiento personal y lo satisfecho y agradecido que está por ello.


—No se ajusta a la realidad.


—¿A quién le importa la realidad? La de usted, aún menos. Lo que le he dicho: adáptese. Es una política sensata para aquel que no es un depredador nato y que tampoco tiene la capacidad de mutar.


—O no le da la gana de hacerlo…


—En tal caso, ahorre para el ataúd. El sarcófago social ya se lo tienen preparado.

sábado, 1 de octubre de 2011

RETALES DE TEXTOS





Rebuscando en el desván, he hallado este texto de no ficción que escribí (en realidad transcribí) un día en que estaba de guardia. Ser abogado es una profesión; ser abogado y además trabajar en el turno de oficio es una vocación. El sistema prevé y garantiza el derecho de defensa y en igualdad de condiciones a toda persona. El sistema nos encomienda esta labor y nos remunera con una cantidad casi simbólica. Por supuesto que tampoco se abonan ni pagas extras, ni vacaciones; ni tenemos derecho a subsidio por desempleo. Así es como debe ser: no somos funcionarios, no tenemos amo; sólo así somos libres y esta es la garantía para aquellos a los que defendemos. Los honorarios simbólicos los satisface el sistema; nosotros ponemos el resto.


EN COMISARIA

El nombre me es vagamente familiar.
—¿Tiene antecedentes? —pregunto al instructor mientras hasta nosotros llega el tintineo de llaves abriendo el calabozo.
—Sí, de antiguo; y el último es también un robo —contesta.
Pelo oscuro, casi negro, ondulado y revuelto. Manos trabajadas, huérfanas, como la ropa, de un buen trato y un mejor enjabonado. Parece llevar prendas de otro, de lo holgado del suéter y del tejano. Saluda con humildad a los presentes. Se lanza a hablar, atropelladamente, pero con voz baja y clara. Mirada frontal, ávida y suplicante de unos ojos oscuros y nerviosos. Está asustado.
—No fui yo. Estaba allí y de repente, uno que vino rompió el cristal ¿sabe usted? Y cogió algo del coche y salió corriendo… y resulta que salió del coche uno que estaba sentado atrás, y me dio a mí con un palo ¿ve usted? Aquí —señala con el dedo un corte cubierto de sangre seca— aquí me dio… y me asusté y eché a correr también, pero yo no fui, pero no pude correr mucho y todos detrás ¿sabe usted? Porque yo, no pude correr mucho, porque tengo cáncer ¿sabe usted? ¿la medicación? ¿han traído ya mi medicación? Es que estoy en tratamiento… he perdido veinte kilos ¿sabe usted? Tengo cuarenta y tres años; he sido empresario, me iban bien las cosas, tenía trabajadores… ganaba dinero, estaba casado ¿sabe usted? Mi mujer me dejó y ahora vivo con mi madre ¿ha traído mi madre la medicación? Soy pintor, si usted supiera… pero era joven, ganaba dinero, me volví loco y aquel mal paso, lo perdí todo. Y ahora que estaba recuperado de la droga, porque me salí de la droga ¿sabe usted?...
—¡A ver, Gabriel! ¿Quieres declarar aquí o en el juzgado? —interrumpe el instructor.
—¡Quiero hablar con ella! —exclama señalándome con la mano— Por favor, quiero hablar con ella, señor agente.
—Me curé de la droga y ahora el cáncer. No tengo cura, es de huesos ¿sabe usted? He perdido veinte kilos. Tuve un juicio hace tres meses ¿sabe usted? Y me suspendieron la pena de prisión, estoy con libertad condicional, y yo no he sido, pero me acusan de esto y si me condenan, pues, ingreso ¿sabe usted? ¿verdad que ingreso? No puedo ingresar, tengo cáncer, me queda poco tiempo. Y no me dejan ver a mi hijo, hace meses que no veo a mi hijo, tiene diez años ¿sabe usted?En el hombre asustado, el temor cede paso a la desolación, al desespero. Rompe a llorar. Saltan las lágrimas. Se seca la cara con las mangas del jersey. Pide perdón.
—Ya le ha visto el médico; está pautado y se le administrará además su medicación, a la hora que le toca. No se preocupe. Nos hemos ocupado —responde el instructor a la pregunta que no salió de mis labios pero sí de mi mirada.
—Y me denunció, por amenazas, pero sí, la amenacé, pero fue porque no me dejaba ver a mi hijo ¿sabe usted? Y me pusieron alejamiento, pero yo no he ido, no señora, ninguna vez, siempre ha ido mi madre a buscar al niño para traerlo a casa y que yo pueda verlo un rato, un poco, sólo para verlo y ¿sabe usted? Echó a mi madre y le dijo que si va a buscar al niño me denunciará, que dirá que yo voy y tengo el alejamiento y volveré a prisión…
Hablamos y, poco a poco, se tranquiliza. Sabe que dormirá en el calabozo de comisaría. Sabe que nos veremos mañana y que será después de que yo haya leído el atestado que él declarará ante el juez.
¿Qué dirá el atestado? ¿cuál será el relato de los hechos minuciosamente diligenciados por la policía? Lo ignoro. Hasta mañana no lo sabré. ¿Miente? No lo sé y en este momento poco me importa. Lo que sí sé ahora es que la profesión de abogado se me antoja una herramienta insuficiente para paliar tanto drama. Y echo mano de mis otros recursos, de aquellos de los que a uno no le examinan en la facultad. Este equivalente del “Se le supone” militar, no va inscrito en el carnet profesional, pero sí está grabado en el alma de los abogados del turno de oficio.

sábado, 5 de diciembre de 2009

RETALES DE TEXTOS


¿O es siempre la corriente de la historia la que arrastra las vidas, la que las arrolla? ¿Y si la historia fuera de verdad una corriente, pero a la que uno se puede oponer, determinando así su curso? ¿Y si es precisamente en la historia donde anida el misterio de la salvación? ¿Y si la salvación consistiera en actuar siguiendo la trayectoria luminosa de la verdad?

Pero, ¿qué verdad?

Hasta ese momento había oído decir que la verdad no existe.

"La verdad depende del punto de vista", me dijo un día mi padre, "y dado que los puntos de vista son infinitos, las verdades son infinitas. Quien dice que posee la verdad en una mano, en la otra sostiene ya el cuchillo para defenderla. Quien dice que Dios está de su parte lo hace para matarte después. Recuerda lo que estaba escrito en los cinturones de los nazis -Gott mit Uns, Dios está con nosotros-, recuerda las hogueras en que los católicos han quemado vivos a quienes no eran de la misma opinión. Verdad y muerte caminan siempre de la mano".

Fragmento de "Escucha mi voz". Autora: Susanna TAMARO. 2006.

sábado, 26 de septiembre de 2009

RETALES DE TEXTOS


El escritor, su amante y el político.

“Como todos los que se las arreglan para obtener el máximo de comodidades y placeres de la vida, Gabriel Corte tenía un político a su disposición.
A cambio de buenas cenas, de brillantes recepciones, de pequeños favores concedidos por Florence, a cambio de algunos artículos oportunos, obtenía de Jules Blanc (titular de una cartera en casi todas las combinaciones ministeriales, dos veces presidente del Consejo y cuatro Ministro de la Guerra) mil privilegios que le facilitaban la existencia. Gracias a Jules Blanc, le habían encargado aquella serie de los Grandes Amantes, sobre los que había disertado en la radio pública el invierno anterior. También en exhortaciones imperiales o morales, según las circunstancias.
Jules Blanc había intervenido ante el director de un gran periódico para que le pagaran ciento treinta mil francos por una novela, en lugar de los ochenta mil inicialmente acordados.
Por último, le había prometido la insignia de comendador. Jules Blanc era un humilde pero necesario engranaje en el mecanismo de su carrera, porque el genio no puede planear en las alturas del cielo; debe maniobrar a ras de tierra.”


“Suite francesa”, de Irène NÉMIROVSKY, 1942.

domingo, 5 de julio de 2009

RETALES DE TEXTOS


"En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de rapé, lo más notable era la suavidad de liquen; pero en ocasiones, de en medio de aquella crasitud pegajosa salía un resplandor punzante, que era una sorpresa desagradable, como una aguja en una almohada de plumas. Aquella mirada la resistían pocos; a unos les daba miedo, a otros, asco; pero cuando algún audaz la sufría, el Magistral la humillaba cubriéndola con el telón carnoso de unos párpados anchos, gruesos, insignificantes, como es siempre la carne informe. La nariz larga, recta, sin corrección ni dignidad, también era sobrada de carne hacia el extremo y se inclinaba como árbol bajo el peso de excesivo fruto. Aquella nariz era la obra muerta en aquel rostro todo expresión, aunque escrito en griego, porque no era fácil leer y traducir lo que el Magistral sentía y pensaba. Los labios largos y delgados, finos, pálidos, parecían obligados a vivir comprimidos por la barba que tendía a subir, amenazando para la vejez, aún lejana, entablar relaciones con la punta de la nariz claudicante. Por entonces no daba al rostro este defecto apariencias de vejez, sino expresión de prudencia de la que toca en cobarde hipocresía y anuncia frío y calculador egoísmo. Podía asegurarse que aquellos labios guardaban como un tesoro la mejor palabra, la que jamás se pronuncia. La barba puntiaguda y levantisca, semejaba el candado de aquel tesoro.”
"La Regenta", de Leopoldo Alas 'Clarín'

sábado, 20 de junio de 2009

RETALES DE TEXTOS


«En cuanto al mundo espiritual, la mitad superior del ser humano, se rechaza en redondo, se destierra con cierta solemnidad, hasta con odio. El mundo ha proclamado la libertad, sobre todo en estos últimos tiempos, ¿y qué vemos en esta libertad suya? ¡Nada más que la esclavitud y el suicidio! El mundo dice: “Tienes necesidades; dales, pues, satisfacción, tienes los mismos derechos que las personas más nobles y ricas. No temas darles satisfacción, al contrario, hazlas aún mayores”, tal es la doctrina actual en el mundo. En eso ven la libertad. ¿Y qué resulta de este derecho a aumentar las necesidades? Por parte de los ricos, la soledad y el suicidio espiritual; por parte de los pobres, la envidia y el asesinato, pues el derecho de satisfacer las necesidades se lo han dado, mas sin indicarle todavía con qué medios. Afirman que el mundo, cuanto más avanza, tanto más se une, que va constituyendo una comunidad fraterna a medida que se van acortando las distancias y se van transmitiendo los pensamientos por el aire. ¡Ay! No creáis en semejante unión de los hombres. Entendiendo la libertad como un aumento y una pronta satisfacción de las necesidades, deforman su propia naturaleza, pues engendran en sí mismos muchos deseos carentes de sentido y estúpidos, costumbres y quimeras insensatas. Viven sólo para envidiarse unos a otros, para la satisfacción carnal y la presunción. Dar banquetes, viajar, tener coches, dignidades y servidores esclavos, se considera ya tal necesidad a la que se sacrifica hasta la vida, el honor y el amor al prójimo, y hasta se matan si no pueden satisfacerla.»
"Los hermanos Karamázov", de Fiodor M. Dostoyevski.

domingo, 14 de junio de 2009

RETALES DE TEXTOS

"—¿Se da usted cuenta, amigo mío —prosiguió Derville después de una pausa— que existen en nuestra sociedad tres seres, el clérigo, el médico y el hombre de justicia que no pueden amar el mundo? Visten de negro tal vez porque llevan luto de todas las virtudes, de todas las ilusiones. El más desgraciado de los tres es el abogado. Cuando el hombre va a buscar al sacerdote, lo hace impulsado por el arrepentimiento, por los remordimientos, por creencias que le hacen interesante, que le engrandecen y que consuelan el alma del mediador cuya labor no deja de tener algo agradable: purifica, repara, reconcilia. Pero nosotros los abogados vemos repetirse siempre los mismos sentimientos perversos, nada los corrige, y nuestros despachos son cloacas que nosotros no podemos limpiar. ¡Cuántas cosas he aprendido ejerciendo mi profesión! He visto morir a un padre en un granero, sin medio alguno de subsistencia, abandonado por sus dos hijas a las que había dado cuarenta mil libras de renta. He visto quemar testamentos; he visto madres despojando de todo a sus hijos; maridos robando a sus mujeres; mujeres matando a sus maridos, aprovechándose del amor que les inspiraban para volverles locos o imbéciles a fin de vivir tranquilamente con un amante. He visto madres que han hecho gozar al hijo de su primer matrimonio, placeres que tenían que enviarle a la muerte con el fin de enriquecer al hijo del amor. No puedo decirle a usted todo lo que he visto, pues he presenciado crímenes contra los cuales la justicia es impotente. En fin, todos los horrores que los novelistas creen inventar están siempre muy por debajo de la verdad. Usted va a tener ahora el disgusto de conocer todas esas cosas allí, dijo señalando a París. Yo me voy a vivir al campo con mi mujer. París me causa horror."

"El Coronel Chabert" de Honoré de BALZAC

martes, 9 de junio de 2009

RETALES DE TEXTOS

“Rodolphe había oído tantas veces aquellas cosas, que para él carecían de toda originalidad. Emma se parecía a todas las mujeres que había tenido por amantes. El encanto de lo nuevo resbalaba, poco a poco, como un vestido, acabando por dejar al desnudo la eterna monotonía de la pasión, que siempre adopta las mismas formas y el mismo lenguaje.
Aquel hombre tan lleno de experiencia no acertaba sin embargo a discernir, bajo la ambigüedad de las expresiones, la naturaleza de los sentimientos. Labios libertinos y triviales le habían murmurado las mismas frases que Emma le decía, por cuya causa sólo creía de una forma superficial en la ingenuidad de ésta.
«Hay que tener cuidado —pensaba— con las frases exageradas que sólo encubren sentimientos mediocres». Rodolphe sabía bien que la exuberancia de sentimientos más poderosa se desbordaba a veces en las más vanas metáforas, puesto que nadie puede nunca traducir adecuadamente en palabras la medida de sus deseos, de sus ideas, o de sus sufrimientos, ya que la palabra humana es como el cascado caldero, a cuyos sones se hace bailar a los osos cuando se pretende conmover a las personas.”

"Madame Bovary", de Gustave FLAUBERT.

domingo, 31 de mayo de 2009

RETALES DE TEXTOS


"En aquellos años de los matrimonios entre primos, dictados por la pereza sexual y por cálculos de tierras, la escasez de proteínas en la alimentación, agravada por la abundancia de amiláceos, la falta total de aire fresco y de movimiento, habían llenado los salones de una turba de muchachitas increíblemente bajas, inverosímilmente oliváceas, insoportablemente balbucientes. Pasaban el tiempo apiñadas entre sí, lanzando sólo cariñosas invitaciones a los jovencitos asustados, destinados, por lo que parecía, a hacer de fondo de las tres o cuatro bellas criaturas que, como la rubia Maria Palma, la bellísima Eleonora Giardinelli, pasaban deslizándose como cisnes en un estanque abarrotado de renacuajos".

"EL GATOPARDO", de Giuseppe Tomasi de Lampedusa (El salón de baile. Cap. 6)

domingo, 24 de mayo de 2009

RETALES DE TEXTOS


Smultronstället * (Fresas salvajes) 1957. Guión: Ingmar Bergman.
* Mi amiga Agneta corrigió la palabra sueca errónea que yo había anotado anteriormente.
"- Nuestro tiempo en este mundo es muy corto y no podemos dar marcha atrás. No hagan como yo, que aprendí tarde y estoy solo. Aprovéchenlo al máximo. Pidan perdón a tiempo, amen todo lo que puedan. El pasado no se puede cambiar. La mayoría de las oportunidades no vuelven jamás."

martes, 5 de mayo de 2009

RETALES DE TEXTOS

Bien, obtenido el galardón (no fui nº 1 ni nº 2 pero alcancé una digna 4ª posición entre 256 relatos), os dejo el texto del mismo. (Tere: tienes que enseñarme a hacer aquello de "leer más" en el blog... gracias) ¡Buena lectura!

UN PAR IMPOSIBLE

"A media tarde, el fuerte viento, arremolinándose en la arena, levantaba nubes de polvo que arrojaba sobre las pieles engrasadas mientras los alto cúmulos, perfilados en gris oscuro, avanzaban veloces arrastrados por aquel soplo insistente. Al poco rato, una imponente sombrilla natural se había interpuesto entre el sol y la masa humana tendida sobre las toallas.
Los brillos que desprendían los cuerpos se apagaron y los contrastes de luces y sombras quedaron difuminados. Sobre la arena, tan solo un par de sandalias plateadas, cuajadas de piedrecillas verde esmeralda, parecían mantener intacto su esplendor.
En forma escalonada, primero los mayores y después los más jóvenes, casi todos fueron abandonando con desgana la Playa del Bogatell dejándola semivacía.
Margueritta, sobre una toalla roja y amarilla sobre la que se recortaba en negro la silueta de un toro imponente, observaba el cielo y remoloneaba. Hija de la montaña y ex esposa de un monitor de esquí, deseosa de alejarse de la una y del otro aquellas vacaciones en que estrenaba divorcio y libertad, había elegido Barcelona con el único objetivo de dormitar sobre sus playas.
Embutió la toalla en la pequeña bolsa de plástico del comercio paquistaní donde la había comprado y se puso, con desgana, la camiseta y el pantalón. Desplazó la mirada desde sus pies, rebozados en arena, a las sandalias: nuevas, brillantes y caras. Ciñó sus correas a las asas de la bolsa y se dirigió a la zona de duchas y de ahí, con los pies mojados, al paseo.
Al ritmo de su caminar, la bolsa se balanceaba y con ella las sandalias que llevaba suspendidas. Una se desprendió para depositarse, plata y esmeralda, sobre el enlosado. No se dio cuenta de ello hasta llegar a la Torre Mapfre.
Deshizo el camino: recorrió el paseo, llegó a las duchas, bajó a la arena, deambuló indecisa, los ojos siempre escudriñando el suelo... no la halló. Descalza, se dirigió al metro.
Se apeó en la parada de Jaume I, felicitándose por estar alojada en el Hotel Suizo, situado a pocos pasos de la salida de la estación. Las plantas de los pies le ardían como brasas.
Al cruzar el vestíbulo, previo al tramo de escaleras mecánicas que trepaban hasta la calle, observó, junto a los tornos, entre el primero y el segundo validador de billetes, una sandalia correctamente apoyada en el suelo. Una sandalia nueva, de corte simple, hecha de cuero sin tratar. Grande y austera; una sandalia de hombre. Sin saber porqué, la recogió.
Margueritta entró en la habitación, dejó su carga en el suelo y fue a ducharse. Envuelta en la sábana de baño, cogió las sandalias y las puso sobre la mesa. La propia, delicada, plata salpicada de esmeralda, al lado de la ajena, tosca, en cuero crudo. “¡Un par imposible!”, dijo para sí y las arrojó al fondo del armario.
Unos metros más allá, asomado al balcón, Paolo contemplaba a la gente que, como en un hormiguero, transitaba presurosa por la calle de Jaume I.
En un acto reflejo alzó los ojos hacia las nubes abombadas que cubrían el cielo, intentando adivinar sus intenciones. La meteorología era un elemento importante en su trabajo y su cuidadoso seguimiento se había convertido, para él, en costumbre, aun cuando disfrutaba de su tiempo libre.
Continuó mirando a la calle. Estaba exhausto pero satisfecho. Barcelona le había obsequiado con una tarde ventosa en la que él se había empleado a fondo, deslizándose sobre su tabla de surf al ritmo frenético de las olas que rompían, con fuerza, en la Playa de la Mar Bella. Si algo llevaba mal Paolo, era la inactividad. Sólo el cansancio y su cuerpo amoratado le habían decidido a salir del agua y volver a su hotel.
Aquellas vacaciones eran extrañas por forzadas y viceversa. Además no solía viajar y menos solo, pero su reciente condición de divorciado había sido determinante para alejarse de su entorno habitual. Disfrutar del mar haciendo deporte le bastaba, pero aquel atardecer le apetecía salir sin rumbo y ver qué podía ofrecerle aquella ciudad repleta de posibilidades. Algo que pusiera broche a un día que hubiera resultado perfecto a no ser por un detalle irritante.
Horas antes, con el bañador bajo sus bermudas y el calzado de goma en sus pies, había entrado en el metro llevando en una mano la tarjeta multiviaje y en la otra la tabla de surf; a la espalda, la mochila, y metidas en los bolsillos exteriores de la misma, sus nuevas sandalias. Al llegar a la Playa de la Mar Bella, un bolsillo estaba vacío. Recordó haberse atascado en el torno de acceso al metro. La dio por perdida. Se metió en el mar, y mientras estuvo cabalgando en su tabla sobre las olas olvidó el incidente.
Paolo volvió a mirar hacia el cielo, ahora amenazador. Entró en el cuarto y cerró el balcón. Sacó el paraguas del armario. Sus ojos se detuvieron en los dos objetos colocados sobre la banqueta contigua. Tomó aquella filigrana de plata con engarces verde esmeralda y la observó detenidamente. A pesar del gentío que inundaba el paseo, aquella pequeña sandalia de mujer brillaba en el suelo como una luciérnaga. Sin saber porqué, la había recogido. La colocó de nuevo encima de la banqueta, al lado de la suya, en cuero crudo. “¡Un par imposible!”, dijo para sí y las metió en el armario.
Minutos más tarde, Margueritta estaba de pie, indecisa, parada en la plaza del Angel, a poca distancia de la puerta del Hotel Suizo, mirando alternativamente al cielo y a las gotas caídas sobre el vestido. Paolo, bajaba por la calle Jaume I. Nuevos goterones decidieron a Margueritta y entró en el hotel justo cuando Paolo doblaba la esquina, abría su paraguas y pasaba frente a la puerta. El chaparrón diluyó la posibilidad de un encuentro.
El resto de los días, sin ellos saberlo, estuvieron muy cerca el uno del otro. Sus pasos se cruzaron decenas de veces en el Barri Gotic i en Ciutat Vella, en la Vil.la Olimpica i en el Maremagnum, pero no coincidieron nunca en el tiempo; una diferencia que no iba más allá de un simple minuto. Se movían en el mismo espacio a la misma hora, pero con los relojes desajustados. No se encontraron. Llegó el día de la partida: el día de hacer maletas y trasladarse al aeropuerto.
Margueritta había facturado hacía una hora. Su vuelo a Roma estaba anunciado para las 19:25; faltaban quince minutos y esperaba la orden de embarque. La aparición de las jóvenes de Alitalia tras el mostrador, levantaron revuelo. Se puso a la cola mientras se afanaba en sacar del bolso el billete y su documento de identidad. La revista y la bolsa le estorbaban. Molesta, decidió deshacerse de ambas cosas y las arrojó a la papelera más cercana. Allí quedaron su sandalia plateada salpicada de piedrecillas verdes y la sandalia ajena en cuero crudo.
Paolo regresaba a Roma en el siguiente vuelo.
Fue presuroso a la sala de embarque al oír su nombre por megafonía cuando pagaba las compras de última hora. Corrió hacia el mostrador. Dejó la mochila y las bolsas en el suelo para exhibir su carta de embarque y el documento de identidad. Ahora le parecía absurdo seguir cargando con aquello. Lanzó la bolsa de plástico con su sandalia cuero crudo y la ajena plateada con brillos verde esmeralda a la papelera, justo cuando la limpiadora que la acababa de vaciar, estaba entretenida contemplando el par imposible de sandalias abandonadas por Margueritta.
Una semana después, en Cortina d’Ampezzo, Margueritta entraba en la oficina de turismo y obsequiaba al chico del mostrador con una vistosa camiseta estampada con una imagen de la Sagrada Familia. Dos calles más arriba, Paolo salía de su nuevo apartamento y se encaminaba hacia la oficina de turismo con una pequeña bolsa conteniendo una espectacular gorra de visera con el escudo del Club de Fútbol Barcelona.
Salió Margueritta del establecimiento y enfiló la calle del supermercado, justo por la que iba a doblar Paolo. Ella miró el reloj y decidió recoger primero el pan y los bollos de la pastelería, por lo que giró en la primera bocacalle.
El chico de la oficina de turismo, contemplaba, en forma alternativa, la gorra y la camiseta. Era todo lo que habían dado de sí los paquetes vacacionales que había vendido al monitor de esquí y a la recepcionista del Hotel Concordia. Paolo y Margueritta parecían destinados a no coincidir jamás.
La entrada de un cliente distrajo sus pensamientos. Más tarde, al tropezarse de nuevo con la camiseta y la gorra, volvió a pensar en su hermana y en su ex cuñado. “¡Un par imposible!”, se dijo. Y encogiéndose de hombros, resignado, volvió a la pantalla de su ordenador
."
copyright: R.M. Torrent Puig