jueves, 26 de junio de 2014

Novedad editorial


El 16 de junio tuvo lugar en Barcelona, en el Colegio de Periodistas de Catalunya, la presentación del libro:
"De Cataluña y España. Relaciones culturales y literarias (1868-1960)", de Adolfo SOTELO VÁZQUEZ.


Como muchos sabrán, el profesor Adolfo SOTELO VÁZQUEZ es catedrático de Historia de la Literatura Española y director del departamento de Filología Hispánica de la Universidad de Barcelona. Ha escrito numerosos estudios sobre autores españoles y publicado diversos trabajos sobre las relaciones de la literatura catalana con la española.


Dice la reseña que de la obra efectúa quien ha cuidado de su edición (Publicacions i Edicions de la UB -Universitat de Barcelona-) que se trata de una obra de lectura imprescindible para comprender y justipreciar las identidades culturales de Cataluña y España, con sus frecuentes tensiones, con sus desazones y sus desasosiegos, pero también con sus incuestionables y riquísimas interdependencias encarnadas en personalidades como Bartrina, Giner, Pérez-Galdós, Oller, Clarín, Menéndez Pelayo, Yxart, Soler i Miquel, Maragall, Unamuno, Pijoan, Valle-Inclán, Xènius, Ortega, Juan Ramón, Miró, Plana, Gaziel, Sagarra o Pla.

Josep CUNI -que intervino en el acto de la presentación de la obra el día 16- le hizo, ayer, una entrevista en el programa "8aldia" (Cadena: 8 TV) que el citado periodista dirige. Por gentileza del programa televisivo, se facilita el enlace de la grabación.

Adolfo SOTELO aboga por unas relaciones entre Cataluña y España que respeten y tengan en cuenta unas diferencias culturales evidentes que durante más de un siglo se han enriquecido mutuamente.

Interesante. Doblemente interesante por su oportunidad, creo. Y hablo solamente de Literatura, únicamente de Literatura que es lo que nos interesa a los que frecuentamos este blog ¿no es cierto?




sábado, 14 de junio de 2014

RETALES DE TEXTO

«Bradley le telefoneó y lo invitó a ir a su oficina. Roark fue y se encontró con otras cuatro personas: el directorio de Monadnock Valley Company. Eran cuatro hombres elegantemente vestidos cuyos rostros eran tan herméticos como el de Bradley.

Roark explicó su proyecto. Si lo que ellos querían construir era un lugar de veraneo poco común, para la gente de ingresos modestos —conforme lo habían anunciado—, entonces debían darse cuenta de que la peor maldición de la pobreza era la falta de intimidad; sólo los muy ricos o los muy pobres de la ciudad podían gozar de sus vacaciones de verano. Los muy ricos, porque tenían fincas propias; los muy pobres, porque no les importaba el contacto y el olor de la carne de los otros en las playas y en las salas de bailes populares. La gente de buen gusto y pocos ingresos no tenían a donde ir si no encontraba placer o descanso en las manadas.

¿Por qué había que asumir que la pobreza le da a uno los instintos del ganado? ¿Por qué no ofrecer a esa gente un lugar donde, por una semana o un mes, con bajo costo, pudiesen tener lo que querían o necesitaban? Él había visto Monadnock Valley. Se podía hacer. No toquen esas colinas, no las vuelen ni las nivelen. No hagan un hotel como un inmenso hormiguero sino casas pequeñas, ocultas unas de otras, que cada una sea una residencia privada donde la gente pueda encontrarse o no, según lo desee. No construyan una inmensa piscina similar a un estanque de pesca sino muchas piscinas privadas, las que la compañía quiera pagar. Él podía mostrarles cómo hacerlo a bajo costo. No construyan un corral de ganado con canchas de tenis para los exhibicionistas sino muchas canchas privadas. No un lugar a donde se vaya a conocer alguna “compañía refinada” y a encontrar un marido en dos semanas sino un complejo para quien disfruta de su propia presencia y sólo busca un lugar donde pueda ser libre de disfrutarla.»

“EL MANANTIAL” (1958)
Novela de Ayn RAND (1905-1982)



Título original: “The fountainhead”

PALABRA DE ESCRITOR


domingo, 27 de abril de 2014

PALABRA DE ESCRITOR



"La civilización emerge con la complejidad, existe por ella y desaparece cuando ésta se reduce" 

Joseph A. TAINTER


El sectario no tolera al disidente y cuando el sectario se reúne con sus correligionarios porque sólo con ellos goza compartir y halla buen acomodo, tiene lugar un retroceso a la tribu; la civilización abandona la presidencia y deja su lugar para que lo ocupe la barbarie.
Una persona sectaria puede que sea una persona instruida, pero no es ni será jamás una persona culta. Sectarismo y cultura son antónimos.

Rosa María TORRENT


viernes, 25 de abril de 2014

LITERATURA ESPAÑOLA CONTEMPORANEA


Con ocasión de estar releyendo a Esther TUSQUETS (1936-2012) en “EL MISMO MAR DE TODOS LOS VERANOS” (1) he hallado un documento publicado por el CENTRO VIRTUAL CERVANTES; un análisis que hace Mercedes MAZQUIARÁN DE RODRIGUEZ (Hofstra University, L:I. New York) de la novela y de su paralelismo con “CARTA A LA MADRE” de la misma autora.

(En la fotografía: de izquierda a derecha, Moix, Matute y Tusquets) 



Del documento, al que les remito mediante el enlace de más abajo — son sólo seis páginas—, entresaco este fragmento:

«Eran los años de lucha por independizarse del control de la madre, de abierta hostilidad hacia ella, “un tipo de interacción característico entre madre e hija, pero que se encuentra poco en la literatura escrita por mujeres; sobre esto comenta Marianne HIRSH en “The Mother/Daughter Plot: Narrative, Psychoanalysis, Feminism (1989)” que es inexplicable que se encuentre tan raramente el tema de la ira —tan común en la realidad— en la ficción de mujeres y en la teoría literaria»


El inciso que precede ha sido elegido en función del interés, que creo excede el puramente literario.

Volviendo a la narrativa:
En otro orden de cosas y dado que la protagonista de la novela es lo que antaño se llamaba de manera coloquial una chica “bien”, es decir, de la burguesía, el texto de Esther TUSQUETS ha dirigido mi memoria  a Juan MARSÉ y a sus “ÚLTIMAS TARDES CON TERESA” (2).


El nexo nada tiene de extraordinario.

Para empezar, ambos nacieron y crecieron en Barcelona. Marsé vino al mundo en 1933 y Tusquets en 1936.
La novela de Marsé es de 1966 y la de Tusquets de 1978. La sociedad y el período que retratan son los mismos.

Cierto que entre 1966 y 1978 ocurrieron cosas en nuestra sociedad, las suficientes para comprender que TUSQUETS alumbrara esta su primera novela doce años más tarde (al margen del hecho de haberse dedicado de lleno al quehacer editorial hasta la fecha indicada). Yo dudo que en 1966 la hubiera escrito aunque le sobrara tiempo para ello.

Se me ocurre que la lectura —o relectura— de estas dos obras, la de Juan MARSÉ y la de Esther TUSQUETS, nos ofrecerá, con gran realce, con todo detalle, un muy completo retrato social de la época.
Nótese que son dos miradas: la femenina y la masculina. Y las dos miradas de dos autores, nacidos en la misma ciudad, de la misma edad, pero pertenecientes a grupos sociales distintos. Ópticas, pues, complementarias.

Termino con una confesión: tengo una especial querencia por Juan MARSÉ.

Al igual que en la foto, con la mirada y el pensamiento vagando por algún lugar remoto, me lo tropecé más de una vez en la otrora llamada “Librería Harvard”, en la calle Balmes esquina con calle Córcega, donde también acompañado de (o mejor: acompañando a) Carlos BARRAL, departían con la librera —de quien yo me aconsejaba para las lecturas— (la perdí y nunca hallé otra igual) y que me dejaba al pairo durante el buen rato que duraba la conversación de los ilustres visitantes.
Yo me quedaba, entretanto, silenciosa y quietecita en un rincón. 
Marsé era quien menos hablaba (creo que no lo hacía en absoluto) y era el más joven… 
Yo lo era más todavía y sobre todo tenía aún mucho que aprender.

(En la fotografía: de izquierda a derecha, Gil de Biedma, Barral y Marsé)


A propósito, viene aquí otro enlace y que corresponde a la:


Fragmento:

Lo adoptaron Barral, Castellet, Jaime Gil de Biedma… Entonces la amistad era como el largo verano de aquella gente, y Juan era Juanito para todos ellos. Juan García Hortelano, Ángel González, Caballero Bonald, Alfonso Grosso, Antonio Ferres… “Salíamos por la noche, sobre todo con Jaime Gil, de golfería, de copas; como él decía, ‘en busca de la felicidad”. El largo verano de la literatura, y después la decadencia, las muertes prematuras, el tiempo de las insistentes despedidas. No ocurrió abruptamente. “Fue poco a poco. Jaime dijo, mucho antes de morir, que ya no tenía más que decir. Lo de Carlos empezó cuando perdió Seix Barral; creó Barral Editores, pero ya nunca fue lo mismo que en aquella época en la que estuvo con Jaime Salinas, Gabriel Ferrater y aquel fantástico consejo de lectura en el que estuvieron también Juan y José Agustín Goytisolo… Nos seguíamos viendo Carlos y yo los veranos en Calafell, pero vi su paulatina desaparición, todos fueron yéndose”.


Las obras quedan… dice la canción.


lunes, 21 de abril de 2014

DÍA DEL LIBRO 2014


En los últimos meses la Literatura ha sufrido grandes pérdidas, cierto, pero entre el cúmulo de notas, reseñas y comentarios pertinentes y apropiados aparecidos en prensa, no son pocos los despropósitos que se han publicado desde Jueves Santo. Incluso he leído manifestaciones en verdad delirantes. De éstas, las más floridas venían firmadas por autores, precisamente. Vivos, claro.
No voy a hacer una reseña al respecto; enemigos, los justos.
Lo positivo es que, a un par de días del 23 y por lo tanto a contrarreloj, se está haciendo acopio extra de obra de calidad que gozará de un puesto privilegiado en mesas y mostradores, lo cual es de agradecer.

Se lo ruego: nadie sin -por lo menos- un libro nuevo el miércoles próximo.
Compren un libro, regalen un libro.

Feliz Día del Libro, a todo el Mundo, 
i bon Sant Jordi. 

domingo, 30 de marzo de 2014

RETALES DE TEXTO



“Las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde solían ser las más feraces para los vendedores de libros viejos acantonados en la plaza de Armas, a la sombra de los falsos laureles, la estatua del Padre de la Patria, y los adustos palacios donde se sostuvieron las riendas de un poder colonial que consideró a la isla como una de las joyas más preciadas de su corona imperial. Las hordas de turistas extranjeros, ansiosos unos, aburridos otros por la obligación de zambullirse en un programado baño de historia, habitualmente abrían o cerraban su periplo de la ciudad antigua justo en las inmediaciones de la que una vez fuera su plaza mayor. A pesar de que los vendedores de libros siempre los recibían como clientes potenciales aunque demasiado veleidosos, la experiencia les había demostrado que sólo con cierta dificultad y mucha verborrea persuasiva se les podía hacer tragar algún libro, generalmente poco significativo por su valor histórico o bibliográfico; aquella turba de empleados públicos, pequeños comerciantes, pensionados ahorrativos, viejos militantes ya sin militancia pero empeñados en ver con sus propios ojos el último reducto del socialismo más real, sumados a los trasnochados de las más diversas especies, convencidos por sus hábiles agentes de viaje de que Cuba era un paraíso de bajo costo, tendían a ser adictos a otras pasiones más elementales —sensuales, climáticas y a veces hasta ideológicas—, distintas de la bibliofilia.

En realidad, el muestrario de libros desplegados en la histórica plaza era apenas las sobras exhibibles del verdadero banquete. Porque los libros valiosos, los que podían encontrar sin titubeos la ruta hacia las subastas donde lucirían en la frente cifras de tres y cuatro dígitos, tenían prohibida su venta pública y nunca llegaban a los modestos tableros de venta. Aquellas delicatesen, por lo general, estaban predestinadas a compradores más o menos establecidos: algunos diplomáticos bibliófilos; corresponsales de prensa y negociantes extranjeros radicados en Cuba, con dólares suficientes para comprar joyas de papel; unos pocos cubanos enriquecidos por vías legales, semilegales o totalmente ilegales, decididos a invertir en valores seguros; además de algunos amateurs que visitaban con cierta frecuencia la isla y habían establecido ya sus preferencias en los rubros de la literatura, el tabaco y las mujeres. Sin embargo, los verdaderos destinatarios de las rarezas bibliográficas invisibles eran varios tratantes profesionales de libros valiosos, especialmente españoles y mexicanos, más algunos cubanos radicados en Miami y Nueva York, proveedores de subastas o dueños de librerías promovidas incluso por Internet. Estos especialistas habían descubierto a principios de los noventa el filón habanero, destapado en los años más arduos de la Crisis, y al principio llegaban dispuestos a comprar lo que buenamente les pudieran ofrecer sus desesperados colegas cubanos. Luego, establecidas las conexiones precisas y comprobada la profundidad de la mina, cambiaron el estilo y en cada viaje empezaron a aparecer con una lista de golosinas exóticas ya solicitadas por clientes empeñados en tener un título específico, de un autor con nombre y apellidos, en una edición determinada. Esta trata subterránea resultaba con mucho la más productiva, a la vez que la más peligrosa, pues las autoridades cubanas habían llegado a saber cómo algunos vendedores de libros, en contubernio con empleados de las bibliotecas, habían sacado del país verdaderos tesoros del fondo bibliográfico cubano y universal e, incluso, manuscritos definitivamente irrecuperables. Pero erradicar aquella práctica desangrante resultaba casi imposible, pues en algunas ocasiones la fuente proveedora era el bibliotecario que gana doscientos cincuenta pesos al mes, el cual difícilmente puede resistirse a una oferta de doscientos dólares —su sueldo de veinte meses— por extraer una papelería o un volumen solicitado por algún comprador enfáticamente interesado. Aquel saqueo sordo había obligado a las bibliotecas cubanas a poner bajo siete llaves sus libros más valiosos, aunque nadie había logrado cerrar el goteo de un grifo irreparable gracias al cual algunos encontraban solución transitoria a sus calamidades materiales.”

LA NEBLINA DEL AYER (2005)
Leonardo Padura