viernes, 21 de diciembre de 2012

FELICES FIESTAS

     ... y en la tierra PAZ a los hombres de buena voluntad.

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!
BON NADAL A TOTHOM!

PALABRA DE ESCRITOR

"No puedes obligarte a ti mismo a sentir algo que no sientes, pero sí puedes obligarte a hacer el bien, a pesar de lo que sientes"

Pearl S. BUCK

viernes, 14 de diciembre de 2012

NOTICIA


Recién publicada y disponible la última obra del autor brasileño, Rubens FIGUEIREDO.

Una breve reseña de Toni Montesinos sobre el nuevo libro del magnífico escritor varias veces premiado (Jabuti de novela 2002, Sao Paulo de Literatura y Portugal Telecom de Literatura, edición 2011), se ofrece pinchando en el enlace al pie.


"PASAJERO DEL FINAL DEL DIA"
Rubens FIGUEIREDO
Rayo Verde Editorial, 2012
ISBN: 978-84-15539-30-8

Fuente: Toni Montesinos. La Razón. Cultura. 13 diciembre 2012.

sábado, 8 de diciembre de 2012

PEDAZOS DE TEXTO


John Kennedy Toole presentando a Ignatius J. Reilly:

“Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar y de las finas cerdas que brotaban de las mismas orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez. Los labios, gordos y bembones, brotaban protuberantes bajo el tupido bigote negro y se hundían en sus comisuras, en plieguecitos llenos de reproche y de restos de patatas fritas. En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas que esperaban bajo el reloj junto a los grandes almacenes D.H. Holmes, estudiando a la multitud en busca de signos de mal gusto en el vestir. Ignatius percibió que algunos atuendos eran lo bastante nuevos y lo bastante caros como para ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto.

Ignatius vestía, por su parte, de un modo cómodo y razonable. La gorra de cazador le protegía contra los enfriamientos de cabeza. Los voluminosos pantalones de tweed eran muy duraderos y permitían una locomoción inusitadamente libre. Sus pliegues y rincones contenían pequeñas bolsas de aire rancio y cálido que a él le complacían muchísimo. La sencilla camisa de franela hacía innecesaria la chaqueta, mientras que la bufanda protegía la piel que quedaba expuesta al aire entre las orejeras y el cuello. Era un atuendo aceptable, según todas las normas teológicas y geométricas, aunque resultase algo abstruso, y sugería una rica vida interior.

Cambiando el peso del cuerpo de una cadera a otra a su modo pesado y elefantíaco, Ignatius desplazó oleadas de carne que se ondularon bajo el tweed y la franela, olas que rompieron contra botones y costuras. Una vez redistribuido el peso de este modo, consideró el gran rato que llevaba esperando a su madre.”

“La conjura de los necios”
John KENNEDY TOOLE
Título original: “A Confederacy of Dunces”

domingo, 2 de diciembre de 2012

SEXO Y VIOLENCIA



Escribir escenas de sexo o de violencia.

Pongo aquí, a este respecto, comentarios de dos novelistas: André Jute y Rhona Martin. Uno de cada género, no por aquello de la cosa igualitaria, no, sino por los matices que puedan ofrecernos desde su óptica masculina y femenina respectivamente, asunto no menor y que interesa tener en cuenta.

André Jute:
“Muy poco puedo decir acerca del grado de violencia, sexo y lenguaje soez que es permisible, ya que esto es, técnica y estéticamente, una cuestión irrelevante; y  en cualquier caso la aceptación de la violencia, del sexo y del lenguaje soez va por ciclos. Mi fórmula personal es utilizar la violencia, el sexo y el lenguaje soez siempre que esté justificado y, si un editor pone objeciones deberá basarlas en razonamientos literarios más que en argumentos éticos o comerciales para convencerme de que debo eliminar parcial o totalmente estos aspectos. Pero no debe usted interpretarme al pie de la letra cuando me refiero al compromiso emocional y sí, en cambio, estudiar con detenimiento la sección del libro de John Braine en la que trata del sexo, porque es muy fácil que las escenas de sexo degeneren en pornografía. Por otro lado, si son esenciales para su historia, no las escatime, porque en tal caso los lectores lo tacharán de cobarde moral.”

Rhona Martin:
“El grado de violencia justo, y nada más, para aportar realismo, convicción y, admitámoslo, emoción al argumento. Pero es recomendable evitar que este elemento de ayuda, añadido artificialmente como colorantes a los alimentos, se convierta en la base de un argumento débil… Buena parte de lo anterior puede ser aplicado a las escenas de sexo. Si, por ejemplo, su historia se basa en buena medida en el amor los lectores pueden sentirse decepcionados o incluso engañados si los lleva hasta la puerta del dormitorio y no les permite entrar… Si va a incluir escenas de amor, descríbalas con honestidad. Concéntrese en las emociones y las sensaciones, y evite los detalles fisiológicos que ya todos conocemos bien y que se hacen plomizos al cabo de poco tiempo. Uno de los problemas que uno se encuentra en la segunda novela y en las sucesivas es cómo describir el acto sexual de nuevo sin repetir lo que ya se dijo en la anterior… no recurra a la pornografía propia de un escritor inexperto. John Braine afirmó en una ocasión: ‘Sorprenda al lector, estremézcalo si lo desea, pero jamás le muestre algo desagradable’. Es el mejor consejo que se puede dar, sea cual fuere la época.”

Me permito añadir:
Deje a sus lectores participar activamente, no se lo dé todo hecho con lo cual, además, cada lector podrá rellenar el detalle faltante con su propia creatividad.

Tanto André Jute como Rhona Martin citan a John Braine (1922-1986).

Braine —lo digo para los más jóvenes— no es “sospechoso” de haber sido remilgado ni melifluo precisamente. Formaba parte del grupo de novelistas, dramaturgos y cineastas ingleses rebeldes que en los cincuenta encabezaron el rechazo a los valores caducos de la vieja Inglaterra mostrando su ira ante la situación social y moral de la postguerra con obras claramente críticas, protagonizadas por individuos marginales o frustrados. Estos rebeldes y su movimiento es conocido con el nombre de “The Angry Young Men”.

Mirándolo desde otro ángulo: lo rompedor (en las formas) puede tener la fortuna de hallar editorial que apueste fuerte y convierta la obra, marketing mediante, en un éxito de ventas; pero la mayoría de los editores han perdido el gusto por el riesgo. Raramente se lanzan si la obra no es excepcional en todos los sentidos.

Cierto que un melocotonero no dará sino melocotones, pero no es este el caso ya que me refiero a la decisión, a la voluntad consciente de producir una obra con unas determinadas características que la harán particularmente llamativa; esto es algo pueril y/o una cierta forma de esnobismo.

En última instancia, incluso la crudeza no tiene porque estar reñida con el buen gusto aunque éste, claro, se tiene, o no se tiene. Pero también esto se puede aprender leyendo… y practicando.

jueves, 22 de noviembre de 2012

PALABRA DE ESCRITOR

"Los escritores somos seres heridos. Por eso creamos otra realidad"


Paul AUSTER

PEDAZOS DE TEXTO


«-Antes, efectivamente -se volvió el príncipe hacia ella, volviendo a animarse un tanto (parecía capaz de animarse muy pronto y de buena fe)-, efectivamente, cuando usted me pedía tema para un cuadro se me ocurrió el de la cara del reo un minuto antes de que vaya a caer la cuchilla de la guillotina, cuando todavía está de pie en el patíbulo, antes de que lo tiendan en la báscula.
-¿Qué cara? ¿La cara solamente? -preguntó Adelaida-. El tema es terrible, ¿qué cuadro resultaría?
-No lo sé, ¿por qué no? -insistió con calor el príncipe-. En Basilea vi hace poco un cuadro de ese género. Me agradaría mucho hablarle de él... Alguna vez lo haré... Me produjo gran impresión.
-Del cuadro de Basilea nos hablará más tarde -dijo Adelaida-. Ahora explíqueme lo de la ejecución. ¿Puede describirlo tal como usted lo recuerda? ¿Cómo pintar esa cara? ¿La cara solamente? ¿Cómo era esa cara?
-Era justamente un minuto antes de morir -empezó el príncipe de muy buen grado, arrastrado por los recuerdos y, visiblemente abstraído de todo cuanto le rodeaba-, el momento en que acababa de subir la escalerilla y ponía el pie en el patíbulo. En aquel instante volvió la vista hacia donde yo estaba; yo miré su cara y lo comprendí todo... Aunque, ¿cómo describirlo? Me agradaría mucho, muchísimo, que usted o algún otro lo pintase. ¡Mejor usted que nadie! Ya entonces pensé que el cuadro sería útil. ¿Sabe?, hace falta tener noción de todo lo que ocurrió antes, de todo, de todo. Estuvo en la cárcel y llevaba aguardando la ejecución, por lo menos, una semana; contaba con las formalidades de costumbre, que determinado documento debía llegar a cierta oficina y que pasaría una semana antes de que todo quedase ultimado. Y de pronto, por un hecho casual, todos los requisitos quedaron ultimados. A las cinco de la mañana estaba durmiendo. Era fines de octubre; a las cinco todavía hace frío y está oscuro. Entró en la celda el director de la prisión con los guardias, procurando no hacer ruido y le tocó levemente el hombro; el preso se incorporó, apoyándose en los codos, y vio luz: «¿Qué pasa?» «La ejecución será a las diez.» El, que apenas si se había despertado, no lo creyó, empezó a discutir, afirmando que la orden tardaría en firmarse una semana; pero al darse cuenta de las cosas dejó de insistir y -según contaban- quedó silencioso. Luego dijo: «Sin embargo, así, de pronto, resulta difícil...», enmudeció y ya no quiso hablar más. Las tres o cuatro horas siguientes se invirtieron en las cosas de costumbre: el sacerdote, el almuerzo con vino, café y carne de vaca (¿no es una mofa? Porque si uno se para a pensarlo, es algo cruel, mientras que, por otra parte, son gente ingenua, lo hacen de todo corazón y están convencidos de que eso es amor al prójimo), luego le cortaron el pelo (ya saben lo que es el corte de pelo del reo) y, por fin, lo llevaron a través de toda la ciudad hasta el patíbulo... Pienso que también en estos momentos se tiene la sensación de que, mientras lo conducen, queda una eternidad de vida. Me parece que, seguramente, pensaba por el camino: «Todavía falta mucho, tengo otras tres calles de vida; recorreré ésta, luego la otra, después ésa donde hay una panadería a la derecha... ¡queda mucho por llegar a la panadería!» Alrededor, la gente, gritos, ruido, diez mil caras, diez mil pares de ojos; todo esto hay que soportarlo, y, sobre todo, una idea: «¡Ellos son diez mil y no ejecutan a ninguno, y a mí sí!» Pero no se trata más que de los preliminares. Al patíbulo conduce una escalerilla; está ante ella y de pronto rompe a llorar; y se trataba de un hombre fuerte y valeroso, un gran criminal, según decían. El sacerdote no se apartaba de él, le había acompañado en la carreta y no cesaba de hablar, aunque apenas si el otro prestaba oído: empezaba a escuchar y a las tres palabras no comprendía nada. Así debió de ser. Empezó, por fin, a subir la escalerilla; le habían atado los pies y sólo podía caminar con pasos muy cortos. El sacerdote, que debía de ser un hombre inteligente, dejó de hablar, limitándose a darle a besar el crucifijo. Al pie de la escalerilla estaba muy pálido, pero al subir al patíbulo quedó blanco como el papel, exactamente igual que el papel de cartas. Seguramente las piernas le flaqueaban y se le habían entumecido, sentía náuseas, como si algo le oprimiese la garganta y le produjera un cosquilleo. ¿Lo han sentido ustedes cuando se tiene miedo o se atraviesan unos instantes terribles, unos instantes en que la razón se conserva, pero ya no tiene ningún poder? Es como, por ejemplo, si nos amenazase una muerte inevitable, una casa se derrumbase sobre nosotros y, de pronto, sintiéramos el deseo irresistible de sentarnos, cerrar los ojos y esperar, ¡sea lo que sea!... Pues bien, entonces, cuando empezaba esa debilidad el sacerdote le acercaba con gran prisa, con un gesto rápido y en silencio, el crucifijo a los labios; era un crucifijo pequeño de plata; se lo acercaba sin cesar, a cada instante. Y en cuanto el crucifijo tocaba sus labios, él abría los ojos, durante unos segundos parecía reanimarse y las piernas le obedecían. Besaba el crucifijo con ansia, con prisa, como si tratase de no olvidar el llevar algo consigo en reserva, por si acaso, aunque es difícil que en aquellos momentos tuviera conciencia de nada religioso. Así fue hasta la misma báscula... ¡Es extraño que en los últimos segundos son muy pocos los que se desmayan! Al contrario, la cabeza vive y trabaja terriblemente, con mucha, con muchísima fuerza, como una máquina puesta en movimiento; me imagino que golpean en ella diversos pensamientos, todos incompletos y acaso ridículos, que no tienen nada que ver con el caso: «Ese me mira, tiene una verruga en la frente; el botón de abajo del verdugo está oxidado...» No obstante, lo sabe todo y todo lo recuerda; hay un punto que es imposible olvidar, y es imposible desmayarse, y todo gira en torno a ese punto. ¡Y pensar que esto es así hasta el último cuarto de segundo, cuando la cabeza está ya sobre el tajo y espera, y... sabe, y de pronto escucha por encima de él cómo resbala la cuchilla! ¡Porque lo oye infaliblemente! Imagínese que hasta ahora siguen discutiendo sobre si la cabeza, en el momento de caer, un segundo más, sabe que se ha desprendido del cuerpo, ¡qué idea! ¿Y si fueran cinco segundos?... Pinte el patíbulo de modo que solo se vea claramente y de cerca el último peldaño; el reo ha puesto el pie en él, su cara blanca como el papel, el sacerdote que acerca el crucifijo, él lo besa con unos labios lívidos, y mira, y lo sabe todo. El crucifijo y la cabeza: ahí tiene el cuadro; la cara del sacerdote, el verdugo, sus dos ayudantes y algunas cabezas y ojos más abajo; todo esto se puede pintar como en un tercer plano, entre brumas, como detalles accesorios... Ahí tiene el cuadro.»

"EL IDIOTA"
Fedor DOSTOYEVSKI
Cap. 5. Fragmento.