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domingo, 12 de junio de 2016

PEDAZOS DE TEXTO


“Practicábase la autopsia en gran escala. Alrededor de un enfermo, de un caso interesante, los ‘patronos’ discutían. Heubel era de opinión que se trataba de un tumor benigno, Geoffrey aseguraba que era un cáncer y Géraudin se pronunciaba por un absceso. Doutrevak y Donat formulaban nuevos y divergentes criterios. En presencia del moribundo se cambiaban los más bárbaros epítetos, totalmente incomprensibles para el paciente. Una frase misteriosa ponía término al debate:
—Está bien. Ya volveremos a discutir en casa de Morgagni.
Ir a casa de Morgagni —el primer medico que a pesar de las antiguas reglas de la Iglesia se atrevió a disecar un cadáver humano era practicar la autopsia. Decíase también
—Haremos una ‘necro’.
A fuerza de discutir sobre su caso, había también enfermos cuya muerte era esperadad con una especie de impaciencia. Especialmente un absceso del cerebro ponía al rojo vivo, desde hacía un mes, la pasión general.
En principio, la ley impone un plazo de veinticuatro horas antes de practicarse la autopsia. Lo que es muy enojoso porque las vísceras se corrompen. Surge de ahí un conflicto asaz dramático entre la compasión inmediata por los restos de un desgraciado y esa otra piedad más elevada que quiere conocer, saber, instruirse, para aliviar en el futuro innumerables miserias. En general se encontraba una fórmula de arreglo. Introducíase inmediatamente en el vientre del muerto, para mantenerlo en estado de conservación, un litro de formol. O bien, si se trataba únicamente de examinar un órgano que era menester conservarlo en un estado de frescor, por ejemplo, un riñón, se practicaba una amplia incisión para desasirlo, se introducía la mano en el vientre y se sacaba del fondo del mismo. Un riñón se extrae con facilidad.
Y si el caso era verdaderamente interesante y merecedor de un examen general, se practicaba también la autopsia. Se bajaba al depósito. En la cámara, todos los muertos, desnudos, estaban alineados, dispuestos por pisos, cada uno en su caja encristalada. Se tiraba de uno de los cajones y aparecía un hombre. Y se operaba sobre su cuerpo, procurando respetar la cabeza en atención a la familia. La administración, al dar cuenta del fallecimiento a los parientes del muerto, les preguntaba siempre la hora en que llegarían. Contábase, por tanto, con el tiempo suficiente. Algunas veces, sin embargo, los parientes se presentaban demasiado pronto. Entonces le tocaba a sor Angélica ingeniarse para hacerles esperar en la antesala con un pretexto cualquiera. Y de cuando en cuando llamaba furtivamente a la puerta y decía en voz baja:
—Dense prisa.
En efecto, los estudiantes se apresuraban como si fueran ladrones, se remendaba el cadáver mediante burdos zurcidos, curas, bandas de esparadrapo y sumarias adherencias. Y mientras sor Angélica amortajaba el cadáver, arreglaba la capilla y encendía los cirios, los estudiantes se marchaban por una puerta excusada… La familia no sospechaba nada. La estancia era oscura, y todo el piadoso material acumulado por las religiosas le distraía a uno de todo lo demás. Y ese muerto, con las manos juntas, ese cadáver, ese boj mojado en agua bendita que le prodigaban a uno como una aspersión respetuosa y distante, infundía una profunda sumisión. A lo sumo se atrevía uno a estampar un beso fugaz en la gélida mejilla… Y detrás aguardaba, discreto sin duda pero embarazoso, el hombre de las Pompas Fúnebres… No había que impacientarle. Cuando uno es pobre y tímido, se preocupa del trabajo de los demás y sabe el valor del tiempo. Las despedidas eran breves. Y uno se iba e inmediatamente el hombre se acercaba al cadáver, y con un ademán, excesivamente ampuloso, sacaba un metro del bolsillo y tomaba las medidas…”


"CUERPOS Y ALMAS" (1936)



Maxence VAN DER MEERSCH (1907 - 1951)







sábado, 5 de marzo de 2016

PEDAZOS DE TEXTO


“Ni este volumen ni yo somos políticos. El asunto de que aquí se habla es previo a la política y pertenece a su subsuelo. Mi trabajo es oscura labor subterránea de minero. La misión del llamado ‘intelectual’ es, en cierto modo, opuesta a la del político. La obra intelectual aspira, con frecuencia en vano, a aclarar un poco las cosas, mientras que la del político suele, por el contrario, consistir en confundirlas más de lo que estaban. Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil; ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral. Además, la persistencia de estos calificativos contribuye no poco a falsificar más aún la ‘realidad’ del presente ya falsa de por sí, porque se ha rizado el rizo de las experiencias políticas a que responden, como lo demuestra el hecho de que hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías.

Hay obligación de trabajar sobre las cuestiones del tiempo. Esto, sin duda. Y yo lo he hecho toda mi vida. He estado siempre en la brecha. Pero una de las cosas que ahora se dicen —una ‘corriente’— es que, incluso a costa de la claridad mental, todo el mundo tiene que hacer política sensu stricto. Lo dicen, claro está, los que no tienen otra cosa que hacer. Y hasta lo corroboran citando de Pascal el imperativo d’abêtissement. Pero hace mucho tiempo que he aprendido a ponerme en guardia cuando alguien cita a Pascal. Es una cautela de higiene mental. El politicismo integral, la absorción de todas las cosas y de todo el hombre por la política, es una y misma cosa con el fenómeno de rebelión de las masas que aquí se describe. La masa en rebeldía ha perdido toda capacidad de religión y de conocimiento. No puede tener dentro más que política, una política exorbitada, frenética, fuera de sí, puesto que pretende suplantar al conocimiento, a la religión, a la sagesse —en fin, a las únicas cosas que por su sustancia son aptas para ocupar el centro de la mente humana—. La política vacía al hombre de soledad e intimidad, y por eso es la predicación del politicismo integral una de las técnicas que se usan para socializarlo.

Cuando alguien nos pregunta qué somos en política o, anticipándose con la insolencia que pertenece al estilo de nuestro tiempo, nos adscribe a una, en vez de responder, debemos preguntar al impertinente qué piensa él que es el hombre y la naturaleza y la historia, qué es la sociedad y el individuo, la colectividad, el Estado, el uso, el derecho. La política se apresura a apagar las luces para que todos estos gatos resulten pardos.

Es preciso que el pensamiento europeo proporcione sobre todos estos temas nueva claridad. Para eso está ahí, no para hacer la rueda del pavo real en las reuniones académicas. Y es preciso que lo haga pronto o, como Dante decía, que encuentre la salida:
… studiate il passo
Mentre che l’Occidente non s’annera
(Purg., XXVII, 62-63)

Eso sería lo único de que podría esperarse con alguna vaga probabilidad la solución del tremendo problema que las masas actuales plantean.”

José ORTEGA Y GASSET (1883-1955)

“La rebelión de las masas” (1929)
Prólogo para franceses (fragmento)


lunes, 7 de diciembre de 2015

PEDAZOS DE TEXTO


  "El doctor Saunders sentía un interés por sus congéneres que no era científico ni tampoco completamente humano. Quería que le entretuviesen. Por eso los observaba sin apasionamiento, experimentando el mismo placer al descifrar un carácter que el que siente el matemático al resolver un problema. No hacía ningún uso de los conocimientos que obtenía. Su satisfacción era meramente estética, y si el conocer y juzgar a los hombres le daba una superioridad sobre los demás mortales, no parecía tener conciencia de ella. Tenía menos prejuicios que la mayoría de los hombres. El sentido de la desaprobación le era desconocido. Muchas personas son indulgentes con sus propios vicios, pero no pueden sufrir los ajenos. Otras, más comprensivas, los aceptan todos con benévola tolerancia, tolerancia que la mayor parte de las veces es más teórica que práctica. Sin embargo, son pocos los que pueden soportar sin disgusto una manera de ser distinta a la suya. Un hombre se indigna rara vez ante la idea de que alguien ha seducido a la mujer de otro; puede seguir conservando su ecuanimidad al enterarse de que una persona ha hecho trampas en el juego o falsificado un cheque (aunque ya no es tan fácil si él es la víctima), pero le resulta duro, por lo general, convertirse en amigo íntimo de una persona que hace ruido al masticar y que se sirve del cuchillo en vez de la cuchara. El doctor Saunders carecía de sensibilidad para estas cosas. Los malos modales en la mesa le afectaban tan poco como una úlcera purulenta. Lo bueno y lo malo era para él como el buen tiempo y el malo. Juzgaba pero no condenaba: se reía.
     Era fácil llevarse bien con él. Gozaba de muchas simpatías, pero no tenía amigos. Era un compañero agradable, aunque no intentaba intimar nunca con nadie ni permitía que intimasen con él. En el fondo de su corazón sentía que no había nadie en el mundo que no le fuese indiferente. Se bastaba a sí mismo. Su felicidad dependía de él y no de los demás. De temperamento egoísta, pero perspicaz y desinteresado, pocos se daban cuenta de ello y nadie resultaba perjudicado. No quería nada. Jamás se interponía en el camino de los demás. El dinero significaba poco para él y nunca le preocupaba si sus clientes le pagaban o no. Esta era la razón de que le creyeran un filántropo. Como el tiempo tenía para él la misma importancia que el dinero, lo mismo le daba asistirlos que no asistirlos. Le divertía ver cómo se curaban sus dolores. Continuaba hallando siempre motivo de diversión en la naturaleza humana. Identificaba las personas y los enfermos. Ambos eran páginas de un libro interminable, y el hecho de que hubieran tantas repeticiones hacía que su interés aumentase. Era curioso observar la forma en que todos los hombres blancos, amarillos y bronceados obraban en las situaciones críticas de la vida, pero el espectáculo no le conmovía ni alteraba sus nervios. La muerte era, al fin y al cabo, el mayor acontecimiento en la vida de los hombres, y nunca había dejado de interesarle la manera cómo le hacían frente. Intentaba penetrar, poseído por un ligero estremecimiento, en el subconsciente del hombre, contemplando a través de los ojos asustados, retadores, sombríos o resignados, el alma que se hallaba por primera vez ante la certeza de que su carrera había terminado. Pero este acontecimiento era fruto únicamente de la curiosidad. No llegaba a conmoverse. No sentía tristeza ni piedad. Tan sólo le llamaba la atención que lo que era tan importante para uno significase tan poco para los demás. Sin embargo, su actitud estaba llena de simpatía. Sabía perfectamente lo que había de decir para aliviar el dolor o acallar el miedo de aquellos momentos, y no había nadie que no se sintiera fortalecido, consolado y animado con sus palabras. Era un juego en el que tomaba parte, experimentando una gran satisfacción al jugar bien. Poseía una amabilidad natural, pero tratábase de una amabilidad instintiva, que no entrañaba verdadero interés por el prójimo. Socorría a cualquiera que se encontrara en un apuro, pero si no conseguía aliviarle, no se preocupaba más de ello. No le gustaba matar a los seres vivientes, y absteníase de cazar y de pescar. Por la simple razón de creer que todas las criaturas tenían derecho a la vida, llegaba al extremo de espantar una mosca o un mosquito antes que matarlos. Quizá fuera un hombre excesivamente lógico. No podía negarse que llevaba una vida perfecta, en el supuesto de que no reduzcamos la bondad a una conformidad con las propias inclinaciones sensuales, pues era caritativo y bondadoso y dedicaba sus energías a aliviar el dolor; mas, si valoramos sus motivos, no merecía la menor alabanza, ya que sus acciones no eran inspiradas por el amor, la compasión o la caridad."

"El paso del hombre", Novela
(fragmento)

W. SOMERSET MAUGHAM  (1874 - 1965)


  

martes, 25 de junio de 2013

PEDAZOS DE TEXTO

"Como todas las tardes, la barca-correo anunció su llegada al Palmar con varios toques de bocina.
El barquero, un hombrecillo enjuto, con una oreja amputada, iba de puerta en puerta recibiendo encargos para Valencia, y al llegar a los espacios abiertos en la única calle del pueblo, soplaba de nuevo en la bocina para avisar su presencia a las barracas desparramadas en el borde del canal. Una nube de chicuelos casi desnudos seguía al barquero con cierta admiración. Les infundía respeto el hombre que cruzaba la Albufera cuatro veces al día, llevándose a Valencia la mejor pesca del lago y trayendo de allá los mil objetos de una ciudad misteriosa y fantástica para aquellos chiquitines criados en una isla de cañas y barro.
De la taberna de Cañamel, que era el primer establecimiento del Palmar, salía un grupo de segadores con el saco al hombro en busca de la barca para regresar a sus tierras. Afluían las mujeres al canal, semejante a una calle de Venecia, con las márgenes cubiertas de barracas y viveros donde los pescadores guardaban las anguilas.
En el agua muerta, de una brillantez de estaño, permanecía inmóvil la barca-correo: un gran ataúd cargado de personas y paquetes, con la borda casi a flor de agua. La vela triangular, con remiendos oscuros, estaba rematada por un guiñapo incoloro que en otros tiempos había sido una bandera española y delataba el carácter oficial de la vieja embarcación.
Un hedor insoportable se esparcía en torno de la barca. Sus tablas se habían impregnado del tufo de los cestos de anguilas y de la suciedad de centenares de pasajeros: una mezcla nauseabunda de pieles gelatinosas, escamas de pez criado en el barro, pies sucios y ropas mugrientas, que con su roce habían acabado por pulir y abrillantar los asientos de la barca.
Los pasajeros, segadores en su mayoría, que venían del Perelló, último confín de la Albufera lindante con el mar, cantaban a gritos pidiendo al barquero que partiese cuanto antes. ¡Ya estaba llena la barca! ¡No cabía más gente…!
Así era; pero el hombrecillo, volviendo hacia ellos el informe muñón de su oreja cortada como para no oírles, esparcía lentamente por la barca las cestas y los sacos que las mujeres le entregaban desde la orilla. Cada uno de los objetos provocaba nuevas protestas; los pasajeros se estrechaban o cambiaban de sitio, y los del Palmar que entraban en la barca recibían con reflexiones evangélicas la rociada de injurias de los que ya estaban acomodados. ¡Un poco de paciencia! ¡Tanto sitio que encontrasen en el cielo…!
La embarcación se hundía al recibir tanta carga, sin que el barquero mostrase la menor inquietud, acostumbrado a travesías audaces. No quedaba en ella un asiento libre. Dos hombres se mantenían de pie en la borda, agarrados al mástil; otro se colocaba en la proa, como un mascarón de navío. Todavía el impasible barquero hizo sonar otra vez su bocina en medio de la general protesta… ¡Cristo! ¿Aún no tenía bastante el muy ladrón? ¿Iban a pasar allí toda la tarde bajo el sol de septiembre, que les hería de lado, achicharrándoles la espalda…?
De pronto se hizo el silencio, y la gente del correo vio aproximarse por la orilla del canal un hombre sostenido por dos mujeres, un espectro, blanco, tembloroso, con los ojos brillantes, envuelto en una manta de cama.
Las aguas parecían hervir con el calor de aquella tarde de verano; sudaban todos en la barca, haciendo esfuerzos por librarse del pegajoso contacto del vecino, y aquel hombre temblaba, chocando los dientes con un escalofrío lúgubre, como si el mundo hubiese caído para él en eterna noche.
Las mujeres que le sostenían protestaban con palabras gruesas al ver que los de la barca permanecían inmóviles. Debían dejarle un puesto: era un enfermo, un trabajador. Segando el arroz había atrapado las fiebres, las malditas tercianas de la Albufera, y marchaba a Ruzafa a curarse en casa de unos parientes… ¿No eran acaso cristianos? ¡Por caridad! ¡Un puesto!
Y el tembloroso fantasma de la fiebre repetía como un eco, con los sollozos del escalofrío:
- Per caritat! Per caritat..!
Entró a empujones, sin que la masa egoísta le abriera paso, y no encontrando sitio, se deslizó entre las piernas de los pasajeros, tendiéndose en el fondo, con el rostro pegado a las alpargatas sucias y los zapatos llenos de barro, en un ambiente nauseabundo.
La gente parecía acostumbrada a estas escenas.
Aquella embarcación servía para todo; era el vehículo de la comida, del hospital y del cementerio."

"Cañas y barro"

Vicente BLASCO IBÁÑEZ

jueves, 22 de noviembre de 2012

PEDAZOS DE TEXTO


«-Antes, efectivamente -se volvió el príncipe hacia ella, volviendo a animarse un tanto (parecía capaz de animarse muy pronto y de buena fe)-, efectivamente, cuando usted me pedía tema para un cuadro se me ocurrió el de la cara del reo un minuto antes de que vaya a caer la cuchilla de la guillotina, cuando todavía está de pie en el patíbulo, antes de que lo tiendan en la báscula.
-¿Qué cara? ¿La cara solamente? -preguntó Adelaida-. El tema es terrible, ¿qué cuadro resultaría?
-No lo sé, ¿por qué no? -insistió con calor el príncipe-. En Basilea vi hace poco un cuadro de ese género. Me agradaría mucho hablarle de él... Alguna vez lo haré... Me produjo gran impresión.
-Del cuadro de Basilea nos hablará más tarde -dijo Adelaida-. Ahora explíqueme lo de la ejecución. ¿Puede describirlo tal como usted lo recuerda? ¿Cómo pintar esa cara? ¿La cara solamente? ¿Cómo era esa cara?
-Era justamente un minuto antes de morir -empezó el príncipe de muy buen grado, arrastrado por los recuerdos y, visiblemente abstraído de todo cuanto le rodeaba-, el momento en que acababa de subir la escalerilla y ponía el pie en el patíbulo. En aquel instante volvió la vista hacia donde yo estaba; yo miré su cara y lo comprendí todo... Aunque, ¿cómo describirlo? Me agradaría mucho, muchísimo, que usted o algún otro lo pintase. ¡Mejor usted que nadie! Ya entonces pensé que el cuadro sería útil. ¿Sabe?, hace falta tener noción de todo lo que ocurrió antes, de todo, de todo. Estuvo en la cárcel y llevaba aguardando la ejecución, por lo menos, una semana; contaba con las formalidades de costumbre, que determinado documento debía llegar a cierta oficina y que pasaría una semana antes de que todo quedase ultimado. Y de pronto, por un hecho casual, todos los requisitos quedaron ultimados. A las cinco de la mañana estaba durmiendo. Era fines de octubre; a las cinco todavía hace frío y está oscuro. Entró en la celda el director de la prisión con los guardias, procurando no hacer ruido y le tocó levemente el hombro; el preso se incorporó, apoyándose en los codos, y vio luz: «¿Qué pasa?» «La ejecución será a las diez.» El, que apenas si se había despertado, no lo creyó, empezó a discutir, afirmando que la orden tardaría en firmarse una semana; pero al darse cuenta de las cosas dejó de insistir y -según contaban- quedó silencioso. Luego dijo: «Sin embargo, así, de pronto, resulta difícil...», enmudeció y ya no quiso hablar más. Las tres o cuatro horas siguientes se invirtieron en las cosas de costumbre: el sacerdote, el almuerzo con vino, café y carne de vaca (¿no es una mofa? Porque si uno se para a pensarlo, es algo cruel, mientras que, por otra parte, son gente ingenua, lo hacen de todo corazón y están convencidos de que eso es amor al prójimo), luego le cortaron el pelo (ya saben lo que es el corte de pelo del reo) y, por fin, lo llevaron a través de toda la ciudad hasta el patíbulo... Pienso que también en estos momentos se tiene la sensación de que, mientras lo conducen, queda una eternidad de vida. Me parece que, seguramente, pensaba por el camino: «Todavía falta mucho, tengo otras tres calles de vida; recorreré ésta, luego la otra, después ésa donde hay una panadería a la derecha... ¡queda mucho por llegar a la panadería!» Alrededor, la gente, gritos, ruido, diez mil caras, diez mil pares de ojos; todo esto hay que soportarlo, y, sobre todo, una idea: «¡Ellos son diez mil y no ejecutan a ninguno, y a mí sí!» Pero no se trata más que de los preliminares. Al patíbulo conduce una escalerilla; está ante ella y de pronto rompe a llorar; y se trataba de un hombre fuerte y valeroso, un gran criminal, según decían. El sacerdote no se apartaba de él, le había acompañado en la carreta y no cesaba de hablar, aunque apenas si el otro prestaba oído: empezaba a escuchar y a las tres palabras no comprendía nada. Así debió de ser. Empezó, por fin, a subir la escalerilla; le habían atado los pies y sólo podía caminar con pasos muy cortos. El sacerdote, que debía de ser un hombre inteligente, dejó de hablar, limitándose a darle a besar el crucifijo. Al pie de la escalerilla estaba muy pálido, pero al subir al patíbulo quedó blanco como el papel, exactamente igual que el papel de cartas. Seguramente las piernas le flaqueaban y se le habían entumecido, sentía náuseas, como si algo le oprimiese la garganta y le produjera un cosquilleo. ¿Lo han sentido ustedes cuando se tiene miedo o se atraviesan unos instantes terribles, unos instantes en que la razón se conserva, pero ya no tiene ningún poder? Es como, por ejemplo, si nos amenazase una muerte inevitable, una casa se derrumbase sobre nosotros y, de pronto, sintiéramos el deseo irresistible de sentarnos, cerrar los ojos y esperar, ¡sea lo que sea!... Pues bien, entonces, cuando empezaba esa debilidad el sacerdote le acercaba con gran prisa, con un gesto rápido y en silencio, el crucifijo a los labios; era un crucifijo pequeño de plata; se lo acercaba sin cesar, a cada instante. Y en cuanto el crucifijo tocaba sus labios, él abría los ojos, durante unos segundos parecía reanimarse y las piernas le obedecían. Besaba el crucifijo con ansia, con prisa, como si tratase de no olvidar el llevar algo consigo en reserva, por si acaso, aunque es difícil que en aquellos momentos tuviera conciencia de nada religioso. Así fue hasta la misma báscula... ¡Es extraño que en los últimos segundos son muy pocos los que se desmayan! Al contrario, la cabeza vive y trabaja terriblemente, con mucha, con muchísima fuerza, como una máquina puesta en movimiento; me imagino que golpean en ella diversos pensamientos, todos incompletos y acaso ridículos, que no tienen nada que ver con el caso: «Ese me mira, tiene una verruga en la frente; el botón de abajo del verdugo está oxidado...» No obstante, lo sabe todo y todo lo recuerda; hay un punto que es imposible olvidar, y es imposible desmayarse, y todo gira en torno a ese punto. ¡Y pensar que esto es así hasta el último cuarto de segundo, cuando la cabeza está ya sobre el tajo y espera, y... sabe, y de pronto escucha por encima de él cómo resbala la cuchilla! ¡Porque lo oye infaliblemente! Imagínese que hasta ahora siguen discutiendo sobre si la cabeza, en el momento de caer, un segundo más, sabe que se ha desprendido del cuerpo, ¡qué idea! ¿Y si fueran cinco segundos?... Pinte el patíbulo de modo que solo se vea claramente y de cerca el último peldaño; el reo ha puesto el pie en él, su cara blanca como el papel, el sacerdote que acerca el crucifijo, él lo besa con unos labios lívidos, y mira, y lo sabe todo. El crucifijo y la cabeza: ahí tiene el cuadro; la cara del sacerdote, el verdugo, sus dos ayudantes y algunas cabezas y ojos más abajo; todo esto se puede pintar como en un tercer plano, entre brumas, como detalles accesorios... Ahí tiene el cuadro.»

"EL IDIOTA"
Fedor DOSTOYEVSKI
Cap. 5. Fragmento.