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sábado, 5 de enero de 2013

OPINION.es


En conversación con Sergio Vila-Sanjuan del 02 de diciembre del año recién concluido, nuestro escritor Arturo PÉREZ-REVERTE declaró cuál es su idea vital: “Pensar como un griego, luchar como un troyano y morir como un romano”

Sea enseña, sea aspiración privativa; independientemente del grado de consecución personal o colectiva que llegado el final se haya logrado respecto al objetivo, con la mera aspiración me basta. Me quito el sombrero ante esta frase que por sí sola define la persona y da cuenta de su talla.

No se trata de una loa al novelista español que hoy es leído en el mundo entero; no hace “dos días” precisamente que estoy interesada en lo que Pérez-Reverte haya dicho o pueda decir. Los que empezamos a sumar años, acumulamos ya bastante en el almacén de la memoria. Yo ya le veía y escuchaba otrora cuando, como especialista en conflictos armados, aparecía en los informativos de TVE. Como tenemos aproximadamente la misma edad, podríamos decir en un exceso de familiaridad que “hemos madurado juntos”, es normal pues que me interese conocer su punto de vista y su pensamiento al margen de lo que pueda divertirme o entretenerme como autor de ficción, cuestión ésta aparte de la que tratamos hoy aquí.

Precisamente a raíz de la publicación de “El tango de la Guardia Vieja”, tuve ocasión de estar presente en la entrevista que también Vila-Sanjuan le había hecho tres días antes (el 29 de noviembre) en Barcelona. Pérez-Reverte mentó a la Generación del 98. Inevitable pues, efectuar el recorrido mental por los escritores que pertenecen a la misma y evocar las obras alumbradas desde su visión sombría y negativa de la España de la época y echar, a continuación, un vistazo a la España actual o a cualquiera de sus pedazos. Esa era la idea, claro está.

El entorno de cada uno da para algún que otro paralelismo. En mi caso me ha remitido a Ramón del VALLE-INCLAN y una obra suya concreta, de 1919: “DIVINAS PALABRAS”, drama de muerte, avaricia y lujuria impregnado de crueldad donde lo trágico se mezcla con lo grotesco. Obra impagable o tal me parece por la intensidad con que me impresionó, especialmente el provecho que los parientes sacaban del triste destino de Laureaniño, que, impedido y postrado en un carretón, era exhibido por sus familiares en ferias y mercados para conseguir dinero de la piedad de los conciudadanos. Es decir, utilizar la desgracia como fuente de ingresos. A ello hacen referencia, en conversación, dos mujeres del pueblo con su particular habla. Una de ellas argumenta así:

«Conforme al modo que ello se considere, es una carga y no la es. Juana la Reina
achicaba en un día más bebida que una de nos achica en un año, y la bebida no la dan
sin moneda. Por su engendro tenía mantenencia. ¡Mal sabéis lo que se gana con un
carretón! No hay cosa que más compadezca los corazones. Juana la Reina sacaba un
diario por riba de siete reales. ¿Y adónde vas tú, cuerpo sano, que saques ni medio de
ese estipendio?»

Sí, no hay cosa que más compadezca los corazones que contemplar la desgracia cebada en un ser humano, pero ¡ay! poco aprovechaba a Laureaniño la colecta de reales al estar postrado y sin más necesidad que el alimento diario. Mantener vivo al desgraciado para mantener a la parentela; los familiares hasta llegan a las manos para hacerse con la propiedad del carretón y su carga.

Caridad, solidaridad, sí, pero para mantener a indignos, no.
Cambian, con los tiempos, los métodos y las formas pero las situaciones y la esencia de los personajes, como en literatura, se repiten.

Y qué patética la distancia con la idea vital de PÉREZ-REVERTE: “Pensar como un griego, luchar como un troyano y morir como un romano”. Para ello se necesita ética, valentía y dignidad.

PS:
Esta noche, si ponemos los zapatos en el balcón y hacemos clic sobre el 
podremos recibir "Divinas Palabras" de Ramón del Valle-Inclán. 

Feliz lectura
y
Felices Reyes

domingo, 27 de mayo de 2012

GRIEGOS


Se dice que sólo cuando una persona tiene cubiertas sus necesidades vitales puede elevarse y alcanzar el estadio donde alma y pensamiento se expanden y demandan satisfacción de otro tipo de hambre y sed. Yo añadiría un matiz: elevarse o hundirse; pero no quiero ir por aquí ni adentrarme en territorios donde nunca fui capaz de encontrar un sendero y menos aún de seguirlo hasta el final. Tal vez por ello ya en mi pubertad me proclamé hija de Roma. Fue tras unas vacaciones escolares que empleé absorbiendo, una a una, las páginas de dos volúmenes inmensos —que por cierto pesaban una burrada— y que me había prestado la vecina de enfrente tras haberle manifestado, imagino que con la excesiva verborrea que me caracteriza, mi entusiasmo por una de las asignaturas del curso recién concluido que se llamaba “Historia de las Civilizaciones”.
A lo que íbamos: parece que si el pensamiento no va ligado a la acción concreta que demanda un proyecto determinado el suelo desaparece bajo mis pies.
Tal vez por esto tampoco he simpatizado nunca, en novela, con los finales abiertos; pero esto es harina de otro costal. O no.
Para cumplir con la común costumbre, busco en derredor un responsable, un culpable de estas mis carencias. Y naturalmente lo he hallado. La culpa la tiene ese dedo índice enhiesto dictándome lo que tenía que hacer. Hacer en sentido amplio, o sea, hacer, pensar, sentir. Todo para seguir adecuadamente los pasos que demandaban un proyecto encaminado a una finalidad. Un día caí en la cuenta —no sin ayuda— de que me había pasado cincuenta años escuchando de la gente que me rodeaba, y de la que no, qué era lo que tenía que hacer y cómo.
Con el pretexto de la fascinación que siempre he sentido por el mar, un día me fui a Grecia: Atenas y crucero por las islas griegas. Ignorando todas las consideraciones y recomendaciones con que se me obsequió, fui sola. Ésta fue la primera de las escapadas (por viajes entiendo otra cosa, no los sucedáneos) de las que más tarde haría después. Y las que aún me quedan por hacer. Eso espero.
Y le encontré el gusto a la copa de vino bajo la parra dejando el tiempo deslizarse, como el aire, alrededor, llevando y trayendo conversaciones ruidosas en un idioma imposible; charlas salpicadas de risas, éstas sí inteligibles para cualquiera al igual que la entremezcla de curiosidad y socarronería de las miradas. Ocioso es aclarar que no me moví entre la alta sociedad ateniense, todo lo contrario: barrios populares, mercados, puertos y aldeas y éstas en buena parte isleñas. La alta sociedad difiere poco de un país a otro.
Duele profundamente el alma cuando una se entera de que por lo menos dos griegos se suicidan cada día en la actualidad, hecho éste que se oculta y que los medios son invitados a silenciar ¿Quién tiene la culpa del desastre? Los propios griegos, dicen, que nunca tuvo el pueblo griego el ahínco, la laboriosidad y el sentido práctico de Roma, razón por la que sucumbieron, bajo ésta, en la Edad Antigua. Pero todo romano pudiente albergó en su hacienda, para instrucción de la prole, a un griego…
Ya sé que de esto hace más de dos mil años y que cualquier parecido con la realidad actual es pura coincidencia pero el espíritu de un pueblo se empecina en perdurar. En “Zorba, el griego”, el delicioso contrapunto entre la mentalidad del británico y el griego se condensa en la escena final, cuando Zorba le dice al escritor: “Usted lo tiene todo menos una cosa: locura. Y el hombre tiene que estar un poco loco sino… sino nunca se atreve a cortar la cuerda y ser libre”.
Después de cincuenta años estoy con Zorba y también yo le encuentro el gusto a nadar en libertad y contracorriente. ¡A buenas horas! pero haber perdido en gran parte el temor a perder pie cuando ya encamino la recta que, si hay suerte, me encaminará a la vejez, es para mí un notable progreso.

Artículo publicado el 29 de mayo de 2012 en e-Notícies. Opinió. "La punteta"