Mostrando entradas con la etiqueta pueblo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pueblo. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de diciembre de 2015

FIGURAS RETORICAS

En el pueblo, las figuras retóricas tienen peligro.

En una vida anterior debí nacer leona ya que soy marcadamente carnívora por lo cual, con la acumulación de años y de sentido común, he restringido con mano férrea el consumo de carnes rojas en favor del pescado.

Saturada de tan delicado manjar oceánico y con motivo de las próximas fiestas me dije “Al menos una vez al año, disfruta, criatura” y decidí hacerme con mi pieza predilecta y obsequiar con otra igual a mi madre nonagenaria en tanto que la pobre está sujeta, con mayor razón, a la dieta ligera.



Fui a la carnicería de un pueblo que dista “equis” del mío y me pedí un par de chuletones de ternera. Seiscientos gramos cada unidad.

La dependienta de la carnicería, una joven rebosante de amabilidad, quiso animar la venta. “¿Le pongo un par más? Es que están en su punto”.
Yo le respondí: “Para dos gatas, es suficiente”.

Entonces la muchacha, cuchillo todavía en mano, abrió los ojos como platos al tiempo que dejaba caer su mandíbula quedando boquiabierta. 

Transcurridos unos instantes, el rostro estupefacto atinó a construir, de forma asombrada, una frase: “¿¿¿¿Para dos gatas????" 


domingo, 13 de enero de 2013

LA ANCIANA


Vivo en un pueblo que tiene una vieja iglesia cuya campana toca las horas. Daba las diez esta mañana cuando, efectuando un amplio rodeo tras comprar el periódico, regresaba a mi refugio bajo un leve “txirimiri”. La lluvia de esta noche ha sido nieve en lo alto de la montaña y el cielo se torna más gris por momentos. Apresuro el paso. Junto al grupo de contenedores de las afueras, con un pedazo de caña en la mano a modo de bastón, hallo a la anciana de todos los días y, como todos los días, acompañada de su perro. Sin atadura alguna, nunca he visto al animal a distancia mayor de un metro de ella. Una y otro han perdido la cuenta de los años que acarrean a sus espaldas. Ambos son rematadamente viejos, altos, recios; de caminar lento, pausado. El pelaje gris del uno contrasta con el atuendo vistoso de la otra; combinaciones extraordinarias de texturas y colores, superposición de prendas limpísimas a modo de múltiples refajos y, sobre las medias oscuras, gruesos calcetines blancos que se embuten en un calzado macizo, grueso; tosco pero confortable. La anciana, de tez clara, tiene unas facciones hermosas. Diría que fue realmente bella. El perro me obsequia, como todos los días, con una mirada tranquila y ella responde a mi saludo, como todos los días, con una sonrisa amable, de sus labios, de sus ojos. Y de todas las personas con las que me he cruzado esta mañana es la única que no ha mostrado sorpresa al verme tocada con una aparatosa boina que tuve el arrojo, además, de colocarme ladeada. Ahora la sonrisa es mía.